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Perdiendo la fe

 

Lori Howard
Traducción: Andre Valerio M.

Mi hija, Chloe, es asombrosamente verbal, emocionalmente sensible y toda una belleza. Ella sabe lo que quiere, lo cual es, por supuesto, ser una princesa bailarina que monta un pony, doctora de bebés y animales. Ella tiene por excelencia 4 años y yo estoy encantada.

 

Chloe nació con pie zambo y otras complicaciones. En estos primeros cuatro años, ya tuvo seis operaciones y ha usado yesos, soportes y zapatos especiales unidos a una barra que usa en las noches. Ella ha estado dentro y fuera de hospitales, le han sacado sangre múltiples veces, ecocardiogramas, un enema de bario y está en terapia física regularmente. También ha experimentado dolor severo.

 

Comienzos tranquilos

 

Mi esposo, Dane, y yo queríamos un bebé. Estábamos emocionados de recibir en nuestras vidas a otra persona para amarla. Durante el embarazo, imaginé el nacimiento y la vida de nuestra hija. Ella jugaría fútbol como su papá y bailaría como yo. Sería perfecta.

 

Todavía recuerdo esos momentos tranquilos antes de las preocupaciones y las lágrimas, ese ensueño de dedos perfectos, arrullos y sonrisas y, por supuesto, los dedos de los pies perfectos. Los diez dedos de las manos perfectos y los diez dedos de los pies perfectos.

 

Pero ¿qué sucede cuando las cosas no resultan perfectas? La esperanza se desvanece, las expectativas se frustran; el futuro se nubla rápidamente mientras entra el miedo y preguntamos: ¿Dios, dónde estás?

 

Esperanzas frustradas

 

Para el ultrasonido de los cinco meses nos dijeron que Chloe probablemente nacería con pie zambo, un defecto del corazón y una anormalidad cromosómica. “Síndrome de Down,” dijo el doctor, “o lo más probable Síndrome de trisomía 13, que en la mayoría de los casos los bebés nacen muertos.” El doctor nos trasladó al consejero genético quien nos dijo: “Ustedes pueden interrumpir este embarazo hoy, nadie los culparía.”

 

¿Dónde estás Dios? Imploré.

 

Chloe llegó en Abril con hermosos dedos en sus manos, expresivos ojos azules, pie zambo, los pies de nuestra hija estaban tan cuidadosamente enroscados, uno envuelto alrededor del otro — tan hermosa y pequeña. Un pie perfectamente como el mío, el otro escasamente se parecía a un pie. Faltaban siete uñas, las otras tres parecían cabezas de alfileres en dedos poco formados.

 

Primero pensé en su futuro, sufrí por Chloe — por tener 8 años y no correr tan rápido como los otros niños, por tener 12 y sentirse avergonzada de sus pies, por tener 16 y nunca usar sandalias, por tener 25 y tener que resignarse con su cuerpo. Sufrí por mi hija.

 

Después comencé a ver que a través de toda esta dura experiencia — los ultrasonidos, las amniocentesis, el posible defecto del corazón, las anormalidades cromosómicas — este bebé, esta hija hermosa, fue ciertamente hecha para mí. Dios me dio la fuerza de decirle al consejero genético que no terminaría su vida. Dios me concedió la sabiduría para continuar investigando y hacer las preguntas difíciles. Dios me dio el valor de ver el futuro de mi hija en una luz positiva. Dios nos dio a Chloe, a Dane y a mí, porque Él sabía que ella cambiaría nuestros corazones, sólo con nacer. Dios estuvo con nosotros todo el camino, esperando a que nosotros viéramos que Él está en control.

 

Aún ahora, mientras Chloe hace piruetas en la clase de ballet, con un pie tratando tan duro de andar en puntillas, escucho a Dios diciendo, aquí estoy. Y estoy bendecida.

 

Este artículo apreció primero en la edición Discovery Years en el número de Enero, 2005 en el boletín informativo Enfócate en tu hijo. Derechos de autor © 2005 Lori Howard. Todos los derechos reservados.

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