La esencia de la enseñanza está en el hogar

Un gran amigo y maestro israelí, Shmuel Bengal, me enseñó que los mayores aprendizajes de la vida no se obtienen en las aulas de los centros educativos formales, sino en las experiencias vividas fuera del ámbito académico y en los conocimientos transferidos en entornos educativos no formales. Sin embargo, es el hogar, el lugar por excelencia donde se adquieren las enseñanzas más trascedentes de nuestra existencia.


El hogar es, por definición, el sitio más idóneo para el aprendizaje. En primer lugar, la pareja crece a partir de una entrega recíproca de amor y cuidado, así como de  un constante intercambio de lecciones y aprendizajes. En segundo lugar, los hijos reciben de sus padres y abuelos, las primeras y más fundamentales enseñanzas sobre idioma, cultura, principios, valores, hábitos y costumbres.


Siendo así, la familia cumple con su insustituible función básica y natural de educación, y coordinará y complementará más adelante la labor formativa que realizarán los centros educativos formales donde ingresarán los hijos. Es decir,  la educación de los menores  es una responsabilidad primaria de los padres de familia y no de los centros educativos formales.

 

Yo nací en una familia urbana extendida, típica de los años sesentas del siglo anterior. Vivíamos, mis padres, mis cuatro hermanos y yo, en casa de mis abuelos, junto a ellos y dos tías más. Era una casa enorme, pletórica de amor, donde se respiraba siempre en el ambiente un cálido aroma de hogar y de acogida.

Considero un gran privilegio y una enorme bendición haber vivido junto a mis padres, y haber experimentado tener a los abuelos tan cerca en cada momento significativo de nuestra niñez y adolescencia. Definitivamente, esa característica, marcó nuestras vidas. Nuestros abuelos siempre estuvieron presentes, disponibles, complementando amorosamente la labor de cuido, crianza y educación, que tenían -como corresponde- a cargo nuestros padres. Aquellos fueron momentos muy felices.

 

Un rasgo interesante de mi familia es su vocación educadora. En efecto, provengo de una familia de educadores: mi abuelo fue profesor de matemática y director de colegio, mi madre maestra toda su vida, mi hermano profesor universitario y mi hijo profesor de música y literatura en dos centros de enseñanza. Y aunque la educación formal ha estado siempre inmersa en nuestra familia, he aprendido que todo hogar tiene en los padres, abuelos, tíos, hermanos e hijos, a los mejores e irremplazables docentes, en donde podemos aprender  las mejores lecciones de vida, e inspirar y nutrir nuestras mentes, emociones y espíritus.

 

En mi abuelo, yo tenía a mi lado a un ilustre y reconocido profesor de matemática. Y por supuesto que en mis congojas estudiantiles, acudí a él para que me transmitiera algo de sus conocimientos y destrezas de ese intrincado mundo de números, logaritmos, ecuaciones y aritmética. Pero debo admitir que, por más paciencia y  empeño de mi abuelo, esa no era mi mayor habilidad.

Sin embargo, los recuerdos más significativos de mi abuelo, que están marcados como improntas en mi vida, no se relacionan tanto a las horas que compartimos en  lecciones para reforzar mis limitados conocimientos de matemática, sino más bien a las otras muchísimas horas más que pasamos en diálogos vespertinos, conversando sobre la vida, el honor, la perseverancia, el trabajo, la cultura y la fe.

 

Me enseñó lo que significaba  el actuar correcto, el amor por el conocimiento, la valoración del trabajo, la salud y, sobre todo, la gratitud a Dios. Y eso lo fui aprendiendo de él en diálogos casuales, mientras me enseñaba a jugar ajedrez, o me acompañaba a un entrenamiento de fútbol, o  cuando le escuchaba mientras tocaba su violín, o por las noches cuando me contaba una anécdota de la  historia patria o universal.

 

Y así como mi abuelo marcó mi vida con sus enseñanzas, así también lo hicieron mi abuela, mi madre, mi padre y mis tías.  Cada uno de ellos en áreas puntuales e igualmente determinantes. 

 

Por eso es que el cuidado, crianza y educación de los hijos, no es una labor que deba subestimarse o una decisión que pueda delegarse con ligereza. La esencia de la enseñanza está en el hogar, y, aunque en la actualidad, ciertamente existan más dificultades con el tiempo, las ocupaciones y responsabilidades que tienen  los padres fuera del hogar, la decisión de a cargo de quién y cómo quedan los menores, es algo que debe definirse con sumo cuidado y atención.

Es un error pensar que los hijos aprenden más y mejor,  cuando dejan sus hogares e ingresan de manera muy temprana a los centros de cuido y a centros educativos. Estos lugares son muy importantes y útiles, cuando se les mira como aliados y complementos en el proceso de cuido, crianza y educación de los hijos, no como sustitución de esa labor y responsabilidad, la cual siempre debe estar a cargo de los padres.


Por su parte, los cuidadores externos, los maestros y profesores deben entender también que la responsabilidad primaria de enseñanza y educación de los niños y adolescentes se encuentra en los padres, y que ellos deben realizar su tarea con plena disposición, amor, entrega y vocación, eso sí, articulando y coordinando esfuerzos con los progenitores de los menores, nunca pretendiendo actuar por su cuenta, en sustitución de los padres.

 

A lo largo de mi proceso educativo formal, yo recuerdo con gran afecto y gratitud, a muchos maestros y profesores muy dedicados y destacados, que me compartieron  información, conocimiento y enseñanzas altamente relevantes. No obstante, las enseñanzas de vidas verdaderamente trascendentes y fundamentales las adquirí en el hogar, de parte de mis padres, abuelos y tías.

 

Desde que el bebé está en el vientre de su madre, desde que es acogido en brazos de su familia, desde que el niño da sus primeros pasos de la mano de su madre y padre, desde que escucha las primeras palabras de ternura, ánimo, aceptación  y amor, las primeras enseñanzas sobre los hábitos, los valores y la fe de su familia, desde ahí se inicia la construcción de todo un sistema de aprendizaje vital que será el principal fundamento de cada persona. 

 

Este proceso de enseñanza esencial está presente en el hogar, por eso es que en la familia se realiza como una función  natural, por eso es que es insustituible, y por eso es que es tan importante que funcione apropiadamente.La esencia de la enseñanza está en el hogar

 

 

 

* Jesús Rosales Valladares estudió Ciencias Políticas en la Universidad de Costa Rica. Además se ha desarrollado como consejero familiar e investigador social en temas de políticas públicas y familia por más de treinta años.

 

 

 

 

 

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