Los regalos que más se aprecian en Navidad

December 12, 2016

Los vientos del Norte irrumpen, trayendo consigo un cambio en el entorno. La brisa se siente más fría cuando acaricia los rostros ilusionados, el aroma suave a ciprés perfuma los diversos  recodos de barrios y ciudades, los tímidos celajes comienzan a asomarse en los paisajes vespertinos y el cántico animado de las aves musicaliza las copas de los hermosos y abundantes follajes de parques y plazas. 

 

La gente también parece cambiar con el arribo de los aires navideños. Una mezcla de ilusión y nostalgia colma los corazones de grandes y pequeños. Las luces de colores que parpadean por doquier hacen brillar aún más las iluminadas miradas de las personas, el otrora caminar apresurado se vuelve más pausado y tolerante, como queriendo prolongar el deleite en cada paso de los recorridos cotidianos. 

 

Desde medianos de noviembre, comienzan a sentirse los cambios. El aire que se respira es diferente, el paisaje es distinto, los sonidos y aromas también lo son; no hay duda de que las personas perciben, a través de sus sentidos, una transformación desde lo externo hasta lo más íntimo de sus corazones. Es cierto que mucho contribuye el ambiente comercial que es abundante en propuestas e invitaciones durante esta época, pero también es cierto que existen en las convicciones, costumbres y tradiciones familiares una serie de deseos y propósitos que mueven sus actitudes y comportamientos durante este hermoso tiempo.

 

Durante los años de mi niñez, recuerdo que las fiestas de fin de curso escolar marcaban precisamente el inicio de la época de Navidad. Las anheladas vacaciones al finalizar cada curso lectivo, coincidían con la iluminación y la decoración navideña de los negocios en el centro de la ciudad. Mis hermanas y yo disfrutábamos recorrer la Avenida Central de la mano de nuestros padres, observando juguetes, luces, adornos, saboreando helados o golosinas, y escuchando los villancicos que sonaban en las tiendas.

 

En la casa donde vivíamos con nuestros abuelos, la Navidad realmente se celebraba con emoción y entusiasmo. De un antiguo baúl de madera rojiza, mi abuela extraía con gran cuidado muchos adornos maravillosos. Luego de limpiarlos con especial delicadeza, nos permitía, a mis hermanas y a mí, participar en la colocación del Pesebre, las coronas, los candelabros y demás adornos navideños. Se colocaba un árbol de ciprés junto a una ventana de la sala. Ese era un sitio muy especial, porque, a sus pies, estarían los regalos de la Noche Buena, y porque en el marco de la ventana, se colocaban las tarjetas con saludos amigos y parientes que llegaban durante esos días.

 

Por supuesto que, como niños, la espera de la Noche Buena se nos hacía eterna. Escribíamos una pequeña carta con deseos, propósitos y, claro, con solicitud de algunos regalitos. Era algo que nos ilusionaba. Pero, de igual forma, cada noche anterior al 24 de diciembre, nos emocionaba encender las lucecitas del Pesebre y del árbol de ciprés.

 

Mi abuela, mi madre y una tía eran unas excelentes cocineras. Durante la época de Navidad, hacían unos panes deliciosos, dulces y salados, los infaltables tamales navideños y la tan esperada cena de Noche Buena. Los panes nos encantaban, y aunque mi abuela los reguardaba celosamente, mis hermanas y yo nos las ingeniábamos para rebasar la cuota diaria que nos correspondía.

 

Durante la cena de Noche Buena, toda la familia se sentaba alrededor de la gran mesa de madera. Mis abuelos a cada extremo de la mesa, mis padres y mis tías a un lado, y mis hermanas y yo al otro lado, frente a ellos. Mi abuela adornaba la mesa con un lindo mantel navideño, servilleteros que ella misma había elaborado y un candelabro decorado en el centro de la mesa. 

 

Luego de una oración de gratitud por los alimentos, por el trabajo, la salud y la vida, procedíamos a  degustar los alimentos de aquella inolvidable e inigualable cena familiar. De verdad, de aquella cocina salía la más apetitosa comida que alguien se pueda imaginar. Y es que resulta difícil imaginar algo mejor que una cena elaborada por las manos de la abuela, la tía y la madre...

 

Pero lo mejor era la animada conversación familiar durante  la cena. Ese era un tiempo maravilloso, de plática, risa y memorias. Aquella noche culminaba con un delicioso ponche y unas galletas hechas por mi propia abuela, y un ansioso deseo de acostarse y despertarse para ver los regalos de la Noche Buena.

 

Cuando acudo a los recuerdos de mi niñez, sobre todo en esta significativa y emotiva época de la Navidad, evoco muchos momentos y detalles hermosos grabados como improntas en la memoria y en el corazón. A estas alturas de mi vida, luego de  varias décadas de una hermosa e inolvidable niñez, apenas si recuerdo algunos de los regalos que me ilusionaron en aquellos días. Sin embargo, lo que jamás olvidaré, y lo que atesoro en lo más hondo de mi corazón, son los momentos de familia, las tertulias, los abrazos, las miradas, las oraciones, las hermosas tradiciones en una época tan bella y especial.

 

Considero que, en mi caso,  una de las mayores  herencias familiares para las fechas de diciembre fue la dedicada y persistente voluntad de mi abuela y de mi madre de enseñarnos a mis hermanos y a mi el verdadero significado de la Navidad en cada uno de los detalles de la celebración. En efecto, en la colocación del Pesebre, estaba la evocación más genuina de la fe cristiana mostrada en el nacimiento de Jesús, en los villancicos la alusión al nacimiento del Hijo de Dios, durante la visita de los pastores o de los Magos de Oriente al Pesebre de Belén, en las oraciones y plegarias durante la cena de Navidad, el recordatorio y celebración de lo verdaderamente relevante durante estos días.

 

Y es que no hay que olvidar la esencia de la Navidad, sobre todo en tiempos donde sobreabunda en el ambiente el afán comercial, material y consumista. La Navidad es un tiempo para compartir en familia, para acercarse a quienes por diversas razones se han dejado de visitar o hablar, para perdonar y reconciliar corazones, para abrazar y para amar.

 

Los regalos que más se aprecian en Navidad no son los que se compran con dinero, no están en los escaparates de las tiendas, no se encuentran en los ambientes de fiesta y bullicio,  y mucho menos lejos del hogar y de los miembros de la familia.

 

Los regalos que más se aprecian en Navidad y siempre, son aquellos que perduran en el tiempo, son los momentos de cercanía con las personas amadas, son las conversaciones íntimas en el hogar, son los pequeños y significativos detalles que dejan huella en las mentes y corazones de los miembros del hogar. La Navidad es tiempo para evocar el nacimiento del Hijo de Dios, para que su amor envuelva a cada hogar, a cada familia y a cada persona.

 

 

* Jesús Rosales Valladares estudió Ciencias Políticas en la Universidad de Costa Rica. Además se ha desarrollado como consejero familiar e investigador social en temas de políticas públicas y familia por más de treinta años.

 

 

 

 

 

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