3 Consejos para las familias y el uso de tecnologías

A fines del siglo XIX, Sir William Preece, jefe de ingeniería de los Correos Postales Británicos, afirmó que sólo los norteamericanos necesitaban del teléfono, pero no los británicos, porque “tenían una gran cantidad de muchachos mensajeros”. Luego, hace más de medio siglo, preguntado por el invento de la televisión, Darryl Zanuck (un famoso productor de la 20th Century Fox) opinó que dicho aparato sólo duraría en el mercado unos seis meses, dado que “la gente pronto se cansaría de mirar aquella caja todas las noches”. Estas increíbles afirmaciones, dichas en su momento por eminentes expertos, no deben sorprendernos. Detrás de estas subestimaciones, aquellos personajes sentenciaron implícitamente grandes verdades… ¿o es que la televisión o el teléfono eran necesarios para vivir?

 

Y es que muchos de los inventos tecnológicos tienen esa extraña característica de no ser necesarios, pero aún así da la sensación de que es bueno que existan. Así es ¿o a alguien le quedan dudas de que la gente en los ochentas vivía tranquilamente sin smartphones? Por supuesto que sí, y esta es la misma actitud que tenemos todos nosotros ante la llegada de nuevos productos tecnológicos en nuestro tiempo: empezamos en un inicio escépticos, luego pasamos a ser neutrales y, finalmente, nos sumamos a la ola de aquella maravilla tecnológica que tanto nos recomiendan nuestros colegas y amigos.

 

Desafortunadamente, este mismo proceso  se reproduce también en el núcleo familiar. Es común tener en el hogar una invasión de productos de todo tipo asociados a actividades de ocio (consolas de videojuegos, televisores de alta definición, laptops, tablets, smartphones, etc.), generalmente más adoptados por los más jóvenes. Unas viejas estadísticas acerca de la televisión permanecen aún y no dejan de asustarnos: los niños pasan anualmente 1500 horas frente a la televisión (¡qué lejos está esto de aquella fallida predicción de Darryl Zanuck!) y 900 horas en el colegio; además, uno de cada tres niños disponen de un aparato de televisión en su habitación. En cuanto a los videojuegos, aproximadamente cerca del 30% de hogares con niños dispone de una videoconsola fija o portátil; si hablamos de Internet, un 90% de los jóvenes entre 15 y 24 años lo usa habitualmente; y alrededor del 80% de jóvenes tiene un teléfono celular.

 

Ante la tecnología que surge en el mercado, los padres de familia se enfrentan a la decisión de incorporarla o no, y muchos simplemente o han sucumbido a la presión social y la han adquirido, o han decidido (tal como los expertos mencionados al inicio) ignorarla por completo, desarrollando una especie de “tecnofobia”. Tanto en una posición como en la otra, el riesgo más grande es el desconocimiento. Es tan grave para un papá darle una tablet a un niño simplemente porque todos en su colegio tienen una, como no hacerlo simplemente por tecnofobia. Lo importante aquí es tener una reflexión, asumir una posición informada y con conocimiento de lo que se hace.

 

Es increíble la cantidad de problemas educativos que los padres evitarían con sus hijos si antes se informaran bien. Así, Esteban es un adolescente a quien desde los 13 años sus padres le pusieron un televisor en su habitación, además de unas consolas de videojuegos (una fija y otra portátil); al año siguiente recibió una computadora portátil junto con conexión a Internet sin límites en su cuarto y a solas. Hoy a sus 17 años todos en casa se preguntan por qué nadie sabe nada de la vida de él, por qué no sale de su cuarto, duerme tanto y no se integra en las actividades de la familia. Así también, Karen es una de las 1.39 billones de usuarios de Facebook, con cerca de mil amistades y una vida social importante, a pesar de sus tan sólo casi 18 años; tiene además cuentas en Twiter, Instagram y Whatsapp, en todas ellas con muchos contactos y seguidores. Diariamente publica fotos de lo que hace y está totalmente al día de lo que hacen sus amigas. En el caso de ella, sus padres no logran evitar que en la mesa y en todo momento esté enviando mensajes virtuales, mientras están en el cumpleaños de la abuelita, cuando salen a algún restaurante a celebrar algo o al estar estudiando para un examen de la universidad.

 

Así podríamos referirnos a muchos otros casos que, sorprendentemente, hoy en día no son raros entre los jóvenes. También podríamos hablar del daño que pueden producir los aparatos conectados a las redes Wi-fi o a las redes celulares en los recién nacidos, de la falta de concentración en niños expuestos a los videojuegos (que conduce al fracaso escolar), del inminente peligro de acoso o secuestros que se deriva de la publicación abierta de fotos en las redes sociales, o de la adicción a la pornografía por Internet tanto en jóvenes como en adultos (siendo esta última una de las grandes causas de las rupturas matrimoniales y de desequilibrios mentales).

 

Para todo esto, en comunión con los expertos y con el propio sentido común, humildemente me atrevo a recomendar seguir los siguientes pasos para todo padre de familia que quiera realmente tomarse en serio estos temas: conocer, proteger y educar:

 

1. Conocer: Antes de adoptar algo, es fundamental primero conocerlo. Muchos adultos (sobre todo los no nativos digitales) realmente no saben en qué consisten ciertos productos que les confían a sus hijos sin mayor reflexión. Esto puede ser tan grave como regalar armas de fuego. El conocer implica informarse sobre el contenido, las posibilidades y riesgos del aparato, saber si es adecuado para la edad de los hijos, incluso saber si conviene que uno mismo lo use o su pareja, etc. Saber qué contiene Internet, qué se puede hacer con las redes sociales, conocer sus reglas de uso y otras cosas más, es fundamental. Sólo conociendo a fondo algo podremos saber en qué medida conviene la adopción de algo.

 

2. Proteger: Una vez conocida la tecnología a usarse, se debe aplicar normas y utilizar los medios tecnológicos necesarios para protegerse de posibles riesgos. Por ejemplo, es fundamental delimitar el número de horas y el horario a dedicar a la televisión, evitar disponer de televisión o computadora en las habitaciones (donde las posibilidades de supervisión se reducen), delimitar la edad para disponer de un teléfono móvil, definir qué programas se pueden ver y qué tipo de páginas web se pueden acceder (con la ayuda de filtros parentales de Internet), revisar la clasificación de los videojuegos antes de comprarlos, etc.

 

3. Educar: Las normas serán insuficientes sin un acompañamiento y explicación constantes que ayuden a la familia a conocer el funcionamiento de estas tecnologías. Lo importante es que los hijos (y uno mismo) lleguen a tener el criterio para seleccionar contenidos, detectar manipulaciones, etc., es decir, ser capaces de consumir estos medios audiovisuales de forma autónoma y responsable. Probablemente no estén preparados para eso desde niños o adolescentes, pero sí debemos irlos educando para que lo estén en su adultez. Para esto, es necesario enseñar con el propio ejemplo (no es bueno, por ejemplo, que los propios padres sean adictos a Internet o a la televisión), explicar siempre el sentido de las normas (estando abiertos a cambiarlas, de ser necesario), y dialogar constantemente sobre los gustos y opiniones, etc.

 

De esta manera, como moraleja final, ante la vorágine tecnológica, la clave es conocer, para luego tener un juicio y reflexión propia que ilumine adecuadamente lo que queremos para nuestros hogares. Ni la adopción ingenua, ni el prejuicio a la tecnología en este caso son buenas, no seamos indiferentes y ocupémonos realmente de esto, que importante es. No subestimemos, como Preece y Zanuck, a la tecnología.

 

 

Colaboración de la Universidad Católica San Pablo 

 

*Dr. Gonzalo Fernández del Carpio. Decano de la Facultad de Ingeniería y Computación en la Universidad Católica San Pablo ( http://ucsp.edu.pe/imf/ ). Doctor y Máster Oficial en Ingeniería Telemática. Investigador, docente, escritor y expositor en temas de tecnología y telecomunicaciones.

 

 

 

 

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