La sobreprotección de los padres a los hijos

 

Una característica de las familias en la actualidad es la necesidad que tiene tanto el padre como la madre de trabajar fuera del hogar. En efecto, por razones económicas, sociales y hasta culturales, cada vez más los hijos deben crecer y desarrollarse con padres que trabajan, procurando mayores ingresos que les permitan cubrir las necesidades del hogar, así como hacerle frente a los requerimientos de una sociedad que establece pautas de consumo cada vez más elevadas.

 

Este panorama hace que muchos padres y madres deban contar con colaboradores que cuidan y participan en la crianza de sus hijos. Abuelos, otros parientes cercanos, empleadas domésticas o profesionales en centros de cuido o guarderías, parecieran ser ayudas indispensables para los padres que trabajan de manera remunerada fuera del hogar. Pero, aunque este tipo de cuidado con participación de otras personas, en muchos casos, es ineludible, lo que resulta importante entender es que la responsabilidad fundamental en la crianza y educación de los hijos sigue siendo de los progenitores. Es decir, el mundo actual obliga, en la mayoría de los casos, a que los padres deleguen el cuidado de los hijos a personas o centros de su confianza, pero esta situación no significa que se está delegando con ello la crianza y la educación de los infantes.

 

Por su parte, no en pocos casos nos encontramos con padres y madres que, al criar a sus hijos, asumen un rol sobreprotector. Y esto ocurre con padres que trabajan fuera del hogar y con padres que están dedicados en sus casas al cuidado y crianza de sus hijos. Este comportamiento sobreprotector proviene en algunos casos por el sentimiento de culpa que se genera en los progenitores al no estar presentes físicamente todo el tiempo con sus hijos, o bien por el temor de que les ocurra alguna situación dañina sino están supervisando constantemente a los menores.

 

En otros casos, ese mismo temor, hace que uno de los progenitores permanezca en el hogar, asumiendo sus funciones de cuidado, crianza y educación de los hijos, pero no lo hacen de una manera adecuada y saludable, sino con un grado muy elevado de angustia, preocupación, supervisión y atención excesivas que terminan por perjudicar más a sus hijos en lugar de beneficiarlos.

 

La sicóloga infantil española Silvia Álava, en su libro titulado “Queremos hijos felices. Lo que nunca os enseñan”, señala que los niños que reciben el modelo de educación “sobreprotector” desarrollan menos competencias emocionales, como la tolerancia, son inseguros, tienen menos habilidades y es más probable que sean víctimas de acoso y terminen por ser más infelices.

 

Por supuesto que la intención de este tipo de padres es la contraria, pero el hecho de no dejar a sus hijos que aprendan a crecer resolviendo sus necesidades, a saber que para obtener las cosas hay que esforzarse y que existen límites y normas que respetar, terminan por debilitar la seguridad, la autoestima y la capacidad de resolución de dificultades de parte de sus hijos.

 

De acuerdo con una publicación de La Vanguardia de España, la “hiperprotección” de los padres provoca hijos sin autonomía. Hay un instinto natural de protección de los padres sobre los hijos, pero muchas veces el deseo de protección es excesivo y acarreará consecuencias muy negativas. Hay un modelo de crianza denominado “hiperpaternidad”, que se ha originado en Estados Unidos pero que se ha trasladado a Europa y América Latina. Hay variaciones que los describen, como los llamados “padres helicóptero” (que sobrevuelan sin tregua la vida de sus hijos, pendientes de sus necesidades y requerimientos), los “padres aplanadora” (quienes allanan los caminos de sus hijos para que no tengan que enfrentar ningún obstáculo) y los “padres guardaespalda” (que se caracterizan por ser extremadamente cuidadores de sus hijos, susceptibles de las críticas hacia ellos y de reacciones extralimitadas cuando alguien se les acerca).

 

La ansiedad de algunos padres en la protección de sus hijos los lleva a asumir la responsabilidad que a ellos les corresponde, a tratar de resolver todos los problemas y necesidades de los infantes, sin dejar que desarrollen sus habilidades y capacidades de manera natural. Si el niño o adolescente encuentra que sus padres realizan el trabajo que ellos están preparados a realizar, terminan por reducir su autonomía e incrementar su dependencia.

 

La educación es fundamental. Es un proceso que los padres no pueden delegar y que deben asumir convencidos de que su propósito es lograr que los hijos desarrollen las capacidades necesarias para resolver problemas por ellos mismos, que refuercen su identidad, proyecto de vida y la consolidación de su autonomía.

 

En un mundo donde cada vez más ambos padres deben asumir la corresponsabilidad de traer ingresos al hogar y de participar en las tareas de cuidado, crianza y educación de los hijos, es necesario poder adoptar un adecuado modelo formativo, afianzado en valores, adecuada y abundante comunicación, límites y normas claras, protección y traslado paulatino de responsabilidades a los hijos, para que asuman las consecuencias por sus acciones positivas y negativas. En la actualidad, el cuidado, la crianza y la educación de los menores, debe ser un desafío hermoso y gratificante para todos en la familia. El propósito es formar y acompañar para la autonomía y la responsabilidad, pero la “sobreprotección” produce el efecto contrario; es decir, genera hijos inseguros e infelices. 

 

 

 

 

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* Jesús Rosales Valladares estudió Ciencias Políticas en la Universidad de Costa Rica. Además se ha desarrollado como consejero familiar e investigador social en temas de políticas públicas y familia por más de treinta años.

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