En tiempos de hambre en la tierra, el profeta Eliseo pidió a uno de los hijos de los profetas que preparara un guiso grande para todo el grupo. Uno de ellos salió a recoger hierbas y encontró una enredadera silvestre con calabazas que no reconocía; las cortó y las echó en la olla sin saber que eran venenosas. Cuando comieron, gritaron que había muerte en la olla, y Eliseo mandó a echar harina en el guiso, con lo cual el alimento quedó bueno y sin ningún daño.