Conocer las reglas, los límites y las consecuencias proporciona a los hijos la seguridad y la confianza necesaria para el desarrollo de su carácter. Además, facilita un ambiente familiar agradable y ayuda a tener clara la diferencia entre lo bueno y lo malo, lo correcto de lo incorrecto, permitiendo un mejor discernimiento a la hora de tomar decisiones y el control de las propias acciones.
Un adecuado manejo de límites fortalece el vínculo entre padres e hijos, para ello, hay que definir los límites de manera clara:

  • ¿Qué es lo que el hijo debe hacer?
  • ¿Por qué se estableció?
  • ¿Cuál es el tiempo límite de ejecución?
  • ¿Cuáles son las consecuencias establecidas por ambos padres cuando se rompen las reglas?

Establecimiento y manejo de límites y disciplina

  • Hay que reconocer que este es un proceso continuo de comunicación, apoyo y firmeza entre los progenitores.
  • Los padres necesitan conversar con su hijo y explicarle qué es lo que se espera de él. Esta explicación debe ser clara y específica. Además, es bueno recordar a los hijos que las reglas son por su propio bien, para fortalecer su carácter, para evitar situaciones de peligro y para ayudarles en una necesidad académica o personal.
  • Las reglas y límites deben ser lógicos, tener buen fundamento y ser establecidos por adelantado. Deben evitarse exigencias imposibles: estemos seguros de que nuestros hijos son capaces de cumplir lo establecido.
  • Si no hemos explicado en detalle los límites y las reglas, no pretendamos que sean cumplidos por nuestros hijos.
  • Una vez que el hijo comprende lo que se espera de él, considerémoslo responsable de su comportamiento. Esto parece fácil, pero frecuentemente conduce a una competencia de voluntades entre progenitores y descendencia. Es importante que los padres ganen esos desafíos. 
  • Asegurémonos de establecer solo las reglas necesarias y verdaderamente importantes. No pierda el tiempo en una lista interminable de responsabilidades.
  • Es necesario que las reglas tengan el carácter de ser flexibles cuando las circunstancias cambien (por ejemplo, la edad o la etapa de la familia).
  • Es saludable tener conversaciones para retroalimentarnos y aprender juntos sobre la experiencia. Conforme nuestros hijos crecen, van adquiriendo más responsabilidades y, a la vez, más privilegios. Las reglas y los límites deben transformarse con la edad y la etapa de la familia.
  • En la medida en que crecen, negociemos. Esto les enseñará a dialogar, a expresar su criterio con respeto, a diferir y, sobre todo, a llegar a acuerdos. También les será más fácil seguir normas. Un día, ellos deberán seguir sus propias normas, lo cual les da estructura y orden en la vida.
  • Después de escuchar lo que los hijos tengan que decir y de tomarlos en cuenta, hay que definir qué se hace, cuándo se hace y quién lo hace. Estas son las reglas y deben respetarse y cumplirse, lo cual trae honra a la familia y provee seguridad, estabilidad y libertad. Si las reglas se incumplen, hay consecuencias.
  • Seamos firmes en la aplicación de las consecuencias, porque van a tratar de manipular con súplicas y promesas.
  • Enseñemos cómo manejar emociones adecuadamente.
  • Las reglas son para cumplirse: no esperemos que las reciban con agrado. Es muy probable que presionen para empujar los límites, buscando desobedecer la regla para ver hasta dónde pueden llegar. La obediencia no depende de los hijos, depende de cuán constantes son los padres. Disciplina implica postergar “nuestros” deseos por alcanzar un bien mayor. Los hijos aún no tienen la madurez para comprender eso, por lo que necesitan la guía y orientación de los padres.

Es natural en todo ser humano poner los límites a prueba, dejarnos llevar por la curiosidad, por lo desconocido y expresar rebeldía contra lo establecido y contra la autoridad. Esto es normal. Cuando surjan estas situaciones en las que los hijos ponen a prueba los límites y la tolerancia de los padres, así como situaciones de difícil manejo, no perdamos el dominio propio y mantengamos la calma para no ofender, herir o menospreciar. La firmeza y la disciplina no son equivalentes a violencia. Además, si los límites fueron violentados, debemos discernir si fue un desafío voluntario a la autoridad o mediaron otras circunstancias, como la presión de un compañero, la instrucción de un adulto, etc.

El amor debe guiarnos. Es muy probable que la relación sea buena cuando está caracterizada por un amor genuino. Al tratarlos con dignidad y respeto les permitimos convertirse en personas seguras, autosuficientes y con principios y valores firmes. La autoridad no está en juego, pero es indispensable que sea firme y, a la vez, amorosa. La autoridad está clara y definida, pero también lo está el cariño.
El amor de los padres hacia sus hijos es incondicional, no depende de su buena conducta. Pero una de las cosas que estimula a todo ser humano es la afirmación y las recompensas. Un cambio de actitud, un buen comportamiento o el cumplimiento de una regla merece una celebración y una palabra de estímulo. Con el buen comportamiento, los hijos no compran amor, pero sí ganan recompensas.

Firmemos un contrato con nuestros hijos donde se establezcan claramente las reglas y las consecuencias. Debemos escribirlo en términos positivos, mientras dialogamos y negociamos.
La disciplina y el respeto son habilidades que se deben inculcar desde la infancia. Sin embargo, si nuestros hijos ya son adolescentes y no han recibido estas habilidades, o como padres sentimos que necesitamos recuperar el tiempo perdido, recordemos: ¡nunca es tarde! Seguimos siendo las personas de más influencia en la vida de nuestros hijos. Asumamos la autoridad que nos corresponde: definamos claramente quién tiene la autoridad; establezcamos reglas; seamos firmes; seamos perseverantes y muy pacientes; demos mucho afecto; indiquemos que los trataremos con respeto; invirtamos tiempo; seamos el ejemplo que nuestros hijos quieren imitar.

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