Todas las parejas pasan por etapas difíciles a lo largo de su ciclo vital matrimonial, desde los primeros ajustes al inicio de la relación de pareja, pasando por la crianza de los hijos inaugurando el nuevo rol de padres, el síndrome del nido vacío cuando estos se van, etc. Y es que la relación de pareja requiere de continuos ajustes para ir adaptándose a las nuevas situaciones que se presentan. Por ello el concepto del amor tiene que ser vivido desde la flexibilidad y continuos cambios que se viven en el ciclo vital de cada matrimonio, evaluando la importancia de valorar en cada etapa la calidad de la relación, si estamos proveyendo el apoyo y cariño que nuestra pareja necesita, si estamos generando unidad e intimidad, o si por el contrario nos estamos distanciando y estancando, o peor aún, acostumbrando.

No esperemos a las últimas etapas para darnos cuenta de que no hemos aprovechado el pasado. La vida transcurre rápido y debemos recordar que cada día es especial, cada etapa es única y los momentos que dejamos pasar sin decir lo que sentimos, sin aprovechar el tiempo, sin vivir los valores familiares, sin acumular momentos y recuerdos especiales, simplemente se irán sin poder atesorar todo lo vivido.  Aprovechemos el hoy, vivamos el presente. La historia personal de cada uno de nosotros debe ser escrita cada día. A continuación reproducimos el artículo titulado “el muro” que representa muy bien cómo la rutina y el estancamiento pueden acabar ahogando la relación de pareja:

«Entre ellos ya no había punto de encuentro. La foto de bodas a la entrada del salón era sólo una burla sarcástica que contrastaba con su fría y enfrentada relación. Vivían con un muro tan pesado entre los dos que ni el ariete de las palabras ni la artillería del tacto lo podían derribar. En algún momento entre el diente de su hija pequeña y la graduación de  su hijo mayor, se habían perdido. A lo largo de los años cada cual aprendió a vivir encerrado en si mismo y el espacio común se fue limitando a las mínimas reglas de educación.
A veces ella lloraba por las noches, rogando a su soledad que le dijera quién era realmente, él roncaba a su lado como oso en cueva, inconsciente y ajeno al invierno que los rodeaba. Ella hizo un cursillo de arte moderno, intentando olvidar su realidad entre la fantasía de los ocres y sienas tostadas del lienzo, quejándose con otras mujeres de la insensibilidad de los hombres. Él se enterró en la tumba de su oficina, envolviendo la mente en el sudario de los números y negando su realidad entre reuniones con olor a incienso y melancolía de otoño. Poco a poco se fue levantando el muro entre ellos, fuerte e imponente, fijado con el cemento de la indiferencia. Un día intentaron un tímido acercamiento, pero encontraron que los muros con hiedra y musgo, eran demasiado altos e impenetrables. Repulsados por la frialdad de la piedra, cada uno se alejó del otro y volvieron cada uno a su nido particular de egoísmo y soledad

Esta historia ilustra por desgracia la realidad a la que pueden llegar muchas parejas cuando descuidan su relación y permiten que el silencio y la distancia, tomen el lugar de la conversación y se apoderen del hogar. Entonces se entra en un estado de frialdad y vacío que no sólo puede hacer dudar del amor y cariño, sino hacer que la relación se enfríe y muera. Hoy día tristemente tenemos muchos «solteros casados», muchas parejas casadas y cansadas, que viven vidas solitarias y ajenas. Vidas en las que comparten techo, casa, cama, comen juntos, duermen juntos pero cada uno está aislado en su mundo personal, distanciados emocional y espiritualmente. Vidas que van como las vías del tren, de forma paralela, no se cruzan ni entrelazan, y es ahí, ante tanto individualismo y egoísmo, cuando llega el desánimo, la apatía, la indiferencia, ¿para qué vivir en pareja si me siento solo o sola?, ¿vale la pena continuar así? Ya no les une nada, no hay comunicación, no hay un terreno común. Su relación está en «encefalograma plano».

Esto sucede por no hacer altos en el camino de la relación matrimonial, sucede por permitir que vaya pasando el tiempo «sin tiempo» para cultivar la amistad y la propia relación interpersonal. Si a esta fragilidad en la relación, se suman las dificultades naturales del mencionado ciclo vital familiar, la crisis en negativo está servida. Es cierto que cada etapa supone un periodo de crisis, pues hay que hacer ajustes y estos provocan  tensiones iniciales. Pero si esos ajustes se enfocan bien y con madurez nos obligan a readaptarnos y a hacer cambios positivos.

La batalla contra la rutina y el estancamiento puede ser vencida a través de estos procesos a veces difíciles y duros de pasar. Pero debemos recordar que crecer exige cambios y trabajo. Todo ello nos dan un peso de experiencia y madurez que nos acerca más a la meta de todo matrimonio: Unidad e intimidad. 

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