Si en algo se expresa el papel fundamental de la familia es precisamente en la labor de cuido que realizan las madres y los padres en esas edades tan determinantes de sus hijos, es decir en sus primeros años de vida; o bien la forma en que los hijos y otros parientes cercanos se esmeran en atenciones y cuidados de las personas mayores del hogar. 

En efecto, esta es una labor apreciada, pero no siempre reconocida en su verdadero alcance, ni al interior de las propias familias, ni a nivel social.  Y lo cierto es que representa un extraordinario aporte a la economía de los países, porque les evita grandes erogaciones de recursos en instalaciones y programas dedicados al cuidado de menores y adultos mayores.

Desde esta perspectiva económica, si bien los Estados se ven apoyados con la solidaridad familiar, los hogares reciben de vuelta muy poco cuando un integrante del hogar  se queda en casa al cuidado de otro miembro dependiente.

Tampoco existe en la mayoría de los países de la región verdaderas políticas o programas dedicados a la conciliación del trabajo y la familia.  Son pocos los programas que proporcionan facilidades de permisos, flexibilización de horarios, jornadas de medio tiempo, semanas comprimidas u otras alternativas para que los miembros de la familia que laboran fuera del hogar puedan disponer de algún tiempo para atender  a los dependientes.

La conciliación de la vida laboral con la vida familiar puede representar una muy buena alternativa para los hogares.  Asumiendo una adecuada “corresponsabilidad” en las tareas familiares, la conciliación puede significar la disposición de espacios de tiempo para que los menores de edad, los adultos mayores o los miembros del hogar que tienen alguna discapacidad puedan ser cuidados y atendidos en sus propios hogares y por parte de las personas más cercanas de sus familias.

El gran significado afectivo

En muchos casos la familia no dispone de las oportunidades para cuidar por sí mismas a otros integrantes de su hogar.  Sea por limitaciones de tiempo, por sus responsabilidades laborales y otros factores, se debe acudir a centros de cuido,   a contratar profesionales adecuados o a servidores domésticos para que cuiden y atiendan a los menores de edad y a los adultos mayores.  Por supuesto que esta es una alternativa muy útil y,  cuando hay que acudir a ella, debe garantizarse que los lugares y personas posean las características indispensables para que cumplan con dedicación, responsabilidad  y profesionalismo las tareas de cuido y atención encomendadas.

Sin embargo, también sabemos que, cuando existen las posibilidades para que las personas dependientes sean cuidadas y asistidas en sus propios hogares y a cargo de familiares cercanos,  existirán en la mayoría de los casos las mejores condiciones afectivas y emocionales.

Esta es una de las evidentes formas naturales de expresión de la solidaridad familiar.  El cuidado, crianza y educación de los menores por parte de sus padres o eventualmente de sus abuelos; la asistencia, apoyo y cuidado amoroso de los adultos mayores por parte de sus hijos; y el cuidadoso respaldo de las personas con discapacidad por parte de familiares cercanos, hace que sea el hogar el mejor escenario afectivo para el cumplimiento de esas funciones naturales que realiza la familia.

Apoyo y preparación adecuados para los cuidadores

Aunque en general se valora las labores que realizan los cuidadores al interior de su familia, no siempre se logra encontrar un adecuado clima familiar para que desarrollen su relevante tarea.En ocasiones no tienen los apoyos necesarios de otros miembros del hogar, la compresión y asistencia que requieren, la flexibilidad y la contribución para que también ellos puedan ocuparse de sus propias necesidades y compromisos, entre otros aspectos.

La atención, ya sea de menores, personas mayores o con alguna discapacidad, requieren muchas veces de cuidados muy especiales y de asistencia permanente.  Esta labor resulta agotadora, y en casos de personas mayores, con discapacidad o dependientes con enfermedades prolongadas y deterioros físicos o mentales, el cuidado constante, la paciencia amorosa y la atención esmerada, resultan, al terminar algunas jornadas, en un cansancio físico, emocional y espiritual del cuidador.

Por lo anterior, es indispensable la preparación, la compañía y el apoyo a los cuidadores, la ayuda y orientación profesional según los casos y el grado de complejidad de las personas del hogar que tienen a cargo, con el propósito de que esta relevante labor no sufra un deterioro  y, sobre todo, que el cuidador no se desgaste en el proceso.

La familia sigue siendo el mejor lugar para el cuidado de las personas.  Pero debe recibir de parte de la sociedad y del Estado los apoyos necesarios para que cumpla esta maravillosa función de gran valor económico, social y afectivo.

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