La primera década del siglo XXI ha evidenciado la necesidad de que en occidente se revalore socialmente el significado del embarazo y la maternidad.

Una de las características fundamentales que describe a la denominada Segunda Transición Demográfica (a partir de la segunda mitad del siglo XX), es el descenso acelerado de las tasas de natalidad en muchos países europeos y latinoamericanos.

Este es un fenómeno estudiado ampliamente por parte de los especialistas en sociología y demografía. Uno de ellos, el profesor Ignasi de Bofarull, de la Universidad Internacional de Cataluña, ha profundizado en las amenazas  que provoca para el sostenimiento del sistema económico y la sociedad de bienestar, esta permanente reducción de los indicadores de natalidad en la región.

La desvalorización del embarazo y la maternidad

Por razones fundamentalmente económicas y de orden social, el siglo XX empezó a experimentar un incremento en las tasas de ocupación de la mujer. En efecto, por diversos motivos, las mujeres comenzaron a incorporarse al mundo del trabajo, a la formación técnica y profesional.

Esta importante modificación de perspectiva sobre el papel de la mujer en el ámbito social y doméstico incidió, sin embargo, en una simultánea disminución en sus proyectos familiares, en sus pretensiones de tener hijos y de poder congeniar su desarrollo profesional y laboral con sus anhelos de maternidad.

Por su parte, en lo público y en lo privado, se inició de esta forma una aparente contradicción que hacían enfrentar a la mujer a un dilema vital: si optaba por un mayor desarrollo personal, profesional y laboral encontraría dificultades y resistencias en los centros de trabajo para dedicarse paralelamente a sus responsabilidades familiares y, principalmente, de maternidad. De esta forma, al principio de manera implícita y luego más de modo explícito, se inició un proceso de desestímulo social y cultural a la pretensión de los hogares de tener familias numerosas.

A la situación anterior hay que incorporar los efectos provocados por los mensajes a favor del control de la natalidad, la promoción de métodos anticonceptivos y del aborto en muchos países de la región. Han sido varias décadas dedicadas a provocar cambios culturales, donde se asociaba el embarazo, la maternidad y las familias numerosas, con los obstáculos para que (principalmente las mujeres) pudieran desarrollarse exitosamente como profesionales o trabajadoras de éxito.

Con este paradigma, los matrimonios también han tendido a disminuir, los jóvenes se están casando tardíamente, retrasando en consecuencia sus objetivos de tener hijos. Cuando se deciden a tenerlos, por decisión o porque no pueden, reducen el número de hijos. Lo cierto es que las tasas de natalidad expresan claramente este comportamiento en muchos países de Europa y América Latina, llegando a estar por debajo del reemplazo generacional, situado en 2.1 hijos por mujer.


Los efectos que esta situación ha traído a la sociedad se evidencian en una desvalorización del embarazo y de la maternidad. El embarazo y el anuncio del nacimiento de un hijo, en general estuvo asociado a algo positivo, hermoso y digno de celebrar en familia. Hacia finales del siglo pasado y comienzos del presente, esta perspectiva fue cambiando y empezó a mirarse con menos entusiasmo, con mayor preocupación y congoja. Razones económicas han incidido sobre esta modificación de perspectiva, pero también se explica a partir de motivaciones sociales y culturales que consideran al embarazo y la maternidad como eventuales obstáculos e inconvenientes para el desarrollo de proyectos personales, profesionales y laborales.

Un cambio de paradigma

Desde Europa y algunos países latinoamericanos en la actualidad se realiza una lectura distinta de la realidad social. Hay una gran paradoja: desde los Estados se promueven políticas familiares invitando a que las familias tengan más hijos, luego de que durante muchos años se ha promovido el aborto, la fertilización in vitro,  y los anticonceptivos.  El mundo occidental está volviendo a destacar la función natural de la familia, se está invitando a los hogares a que tengan más hijos, se refuerzan los programas a favor del cuidado del niño por nacer, y se incrementan los programas de atención para las mujeres embarazadas. Después de varios años haciendo lo contrario, ahora la sociedad empieza a cambiar de paradigma.

Se recupera la maternidad, como un estado valorado y apreciado, como un motivo de alegría y de festejo, como una forma hermosa de realización personal y familiar.

Esta revalorización del embarazo y la maternidad significa, por un lado, la relevancia de introducir cambios en la concepción tradicional de la distribución de las tareas y responsabilidades del hogar, es decir, la adopción de la corresponsabilidad doméstica  como fundamento de bienestar familiar; y, por otro lado, el entendimiento social, empresarial y familiar de que, un incremento en los objetivos de mayor cantidad de hijos, requiere de una adecuada y funcional conciliación de la vida laboral con la vida familiar.

Estos dos aspectos han sido destacados por el especialista Raúl Sánchez, director general de la Federación Española de Familias Numerosas, cuando plantea la relevancia de crear las condiciones básicas necesarias para que las mujeres y sus cónyuges puedan decidir libremente la cantidad de hijos que deseen tener. Muchos estudios realizados en Europa muestran que la mayoría de las familias consultadas tiene menos hijos de los que en realidad desearían tener, debido principalmente a limitaciones de tiempo y dificultades económicas. Pero si desde el ámbito público y privado se le otorgan a las familias las condiciones adecuadas y los apoyos indispensables para que puedan decidir los hijos que desean tener, los hogares podrían experimentar de manera natural un incremento en la cantidad de hijos.

El cambio de paradigma implica una revalorización del embarazo y de la maternidad. Hay razones económicas, sociales, políticas, demográficas y familiares para que el siglo XXI esté marcado por una convicción diferente con relación a la relevancia de la familia y su incidencia en la sostenibilidad del sistema de bienestar social. En palabras de Raúl Sánchez, así como el siglo XIX fue marcado por una mayor conciencia mundial para erradicar la esclavitud el siglo XX para promover los derechos humanos, la dignidad de la mujer y la protección del medio ambiente, el siglo XXI debe estar marcado por la revalorización de la familia como base fundamental para el desarrollo de la sociedad contemporánea.

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