Indudablemente la ansiedad forma parte de nuestra vida y es un aspecto de la energía vital que nos moviliza. Esa es la ansiedad normal. Pero también hay una ansiedad patológica que es la que nos produce malestar y síntomas  ante situaciones reales o imaginarias. Se transforman en síntomas físicos como temblor, sudoración, contracturas, como así también síntomas psíquicos y de la esfera cognitiva, como por ejemplo no poder dejar de pensar en alguna situación problemática que se nos avecina y tenemos que resolver.

¿Quién no pudo dormir la noche anterior a un examen? ¿O quien se no se sintió tenso, con sensación de inquietud interior y también corporal ante una noticia que no esperaba y le generó un conflicto que no estaba en sus planes?

Así como la ansiedad se describe como una sensación interna de que algo inesperado va a ocurrir (aunque no se sepa bien que), también esa sensación se va a traducir en síntomas físicos, de distintos tipos y que van a afectar diversos órganos y/o sistemas de nuestro cuerpo. Los síntomas más extraños y distintos son producidos por la ansiedad. El recorrido típico de una persona que sufre de ansiedad patológica pasa por consultas a médicos clínicos en primera instancia y luego a múltiples especialistas según el órgano o sistema que resulte afectado por la ansiedad. Muchas consultas por ejemplo, en las guardias de cardiología derivan de personas que sufren dolores torácicos inespecíficos, como ahogos y sensación de falta de aire, síntomas producidos por la ansiedad patológica y que no responden a una enfermedad cardiaca pero se asemejan y producen más ansiedad todavía en la persona que los sufre. A continuación describo cuales son los síntomas más frecuentes en que puede derivar la ansiedad patológica:


1. Físicos:

  • Dolores de cabeza, dolor de nuca.
  • Mareos, sensación de cabeza pesada.
  • Temblores o sacudidas.
  • Sudoración excesiva.
  • Hormigueos.
  • Tensión muscular.
  • Palpitaciones, taquicardia. 
  • Ahogos y sensación de falta de aire.
  • Gastritis, colon irritable, diarreas, constipación. 
  • Sensación de atragantarse. 
  • Opresión o malestar torácico.
  • Náuseas o molestias abdominales. 
  • Cansancio extremo. Fatiga.

2. Emocionales:

  • Sensación de que algo malo va a ocurrir.
  • Dificultad de conciliar el sueño.
  • Sensación de tensión permanente.
  • Expectación y nerviosismo.
  • Irritabilidad.
  • Angustia.
  • Tristeza exagerada.
  • Sensación de no poder dejar de pensar.
  • Desrealización (sensación de irrealidad) o despersonalización (estar separado de uno mismo).

3. Cognitivos:

  • Trastornos de concentración, atención y memoria.

La palabra ansiedad proviene del latín, anxietas y significa aflicción, o sea, describe una sensación de aflicción, de que algo malo va a ocurrir. Podemos sentir sensación de temor frente a un examen, temor y ansiedad al enfrentar un  nuevo trabajo, temor a situaciones específicas como subir a un avión, tomar un ascensor, subir a una escalera mecánica o bien estar en un lugar cerrado de donde se siente que no se va a poder salir, etc. También anticiparse negativamente a los hechos futuros como también tener cuidados excesivos frente a una situación que no conocemos ni hemos experimentado antes.

Ahora bien: ¿Qué nos produce esa ansiedad? El temor y/o el miedo son el motor generador de la ansiedad patológica. Y decimos a ansiedad patológica a aquella ansiedad que puede aumentar al punto de poder transformarse, cuando su duración y/o magnitud son extremas, en cuadros sintomatológicos como crisis de pánico, fobias, y ansiedad generalizada.

Es necesario diferenciar el  miedo de la precaución porque los efectos que cada uno de ellos produce son distintos. Precaución es cautela, es previsión, es prudencia, es equilibrio, es prevención y cuidado. No nos paraliza sino nos lleva a poner en marcha acciones necesarias para estar preparados frente a una situación que lo amerite. Si tengo que rendir un examen voy a estudiar, si tengo que viajar voy a controlar el estado de mi carro. Si tengo que resolver un problema laboral voy a estudiar cómo hacerlo para tener las herramientas necesarias en el momento adecuado.

El miedo, por otro lado, es una emoción instintiva que ha permitido al hombre sobrevivir a lo largo de los tiempos. El hombre primitivo escuchaba rugir al león o al oso, y sabía que debía huir para conservar su vida. El miedo ponía en marcha una serie de mecanismos fisiológicos que le permitía huir o luchar. Pero también podía paralizarse y/o desmayarse, y en ese caso, era buena comida para las fieras. Los que se preparaban para huir o luchar permitieron que la especie humana pudiera subsistir a lo largo de la historia. Ese mecanismo instintivo forma parte de nuestra esencia como especie y hoy en día sigue activo en nuestros cerebros.

Ahora bien, ¿Cuántas situaciones de nuestra vida moderna merecen que realmente se active este sistema defensivo en el hombre? Cuando dialogamos con nuestros pacientes temerosos, ellos reconocen que las situaciones que merecen esa activación de nuestros cuerpos, esa preparación para la lucha y/o la huida y que desencadena taquicardia, hipertensión, respiración acelerada, tensión muscular extrema, etc., son muy pocas o casi inexistentes en nuestra vida actual.

Es entonces la valoración de la realidad que nos circunda lo que condiciona nuestra reacción frente a los estímulos que recibimos.  Es nuestra evaluación de los hechos y del futuro lo que condiciona nuestro temor y desencadena nuestro miedo.

Paul Tournier, el médico de la persona,  dijo “el miedo crea lo que teme”. Y no se equivocó.  Otros colegas elaboraron la teoría de la “profecía autocumplida” para describir fenómenos que desencadenamos en nuestras relaciones personales según lo que pensamos de nosotros mismos y de los demás.
¿Dónde podemos empezar a encontrar una solución a la ansiedad desmedida que nos complica la vida generándonos síntomas que nos entorpecen el camino?

Podemos aprender a controlar y decidir lo que pensamos, podemos también aprender a darle la importancia debida a los pensamientos que pululan por nuestra mente y condicionan la vivencia de la ansiedad desmedida.

Cuando logramos ordenar nuestros pensamientos podemos dejar de padecer de ansiedad patológica. Algunas personas me dicen: “pero Dr., tengo que pensar en el futuro…, tengo que preocuparme por lo que vendrá antes que llegue…, tengo que anticiparme a los hechos que temo.., etc., etc.

Esta es la vivencia de muchas personas que reconocen a la ansiedad y preocupación como parte natural de sus vidas, llevando sus experiencias de vida a una realidad asfixiante y a veces desesperante.
Se puede pensar diferente. Se puede dominar el miedo. Se puede dejar de anticiparse. Se puede vivir sin ansiedad. 

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