Uno de los aspectos que más resguarda la salud del matrimonio consiste en la permanente atención y fortalecimiento de la intimidad. Con frecuencia esta es un área que proporciona gran satisfacción y seguridad, cuando es cuidada con dedicación; pero que puede producir frustración y distancia, cuando es desatendida.

El significado de la intimidad conyugal

El fundamento de una convivencia matrimonial está en comprender la maravillosa unidad que se conforma en amor, a partir de la decisión que toman un hombre y una mujer de unir sus vidas en matrimonio. Se crea en la dualidad característica del matrimonio, una nueva unidad que solo se comprende cuando se asume en esa hermosa intimidad de amor físico, emocional y espiritual. Porque precisamente el matrimonio posibilita no solo el encuentro del cuerpo, alma y espíritu, sino sobre todo, su fusión en una unidad de propósito, de realización, de vida integral.
Desde esta perspectiva, la intimidad conyugal no solo es importante, sino ante todo, fundamento esencial del matrimonio. Es lo que posibilita su permanencia, su cohesión y funcionalidad. La intimidad no solo es física, donde se manifiestan las más bellas expresiones de la sexualidad humana, sino también afectiva y espiritual, ámbitos que suelen ser descuidados en el transcurrir del tiempo de convivencia.
La pareja debe comprender que su vida íntima no es algo accesorio, marginal o prescindible. La intimidad comprendida de una manera plena e integral, es esencial en el matrimonio, porque es a su vez, origen y resultado del amor que los une, y la pareja debe en consecuencia cuidarla con el paso de los años para que no se reduzca o termine.

Advertir el riesgo de su descenso

La intimidad conyugal no es algo estático, es un proceso dinámico que crece, se desarrolla, se mantiene y profundiza en el amor permanente.
Una importante cantidad de parejas observan que, con el transcurrir de los años, el tiempo y la calidad de su intimidad desciende. Con frecuencia se suelen señalar muchos factores que actúan como distractores u obstáculos que amenazan la vida íntima conyugal: el trabajo excesivo, la atención de los hijos, las múltiples ocupaciones de ambos dentro y fuera del hogar, el cansancio y deterioro físico, la rutina y la costumbre propias de la convivencia, entre otros. Si bien esos factores existen y pueden hacer que el tiempo de intimidad conyugal se reduzca en cantidad y calidad, lo cierto es que la pareja debe advertir a tiempo las señales que aparecen y tomar las medidas correctivas necesarias para que el tiempo en pareja y el grado de profundidad de su vida íntima no se vea afectado. La salud del matrimonio depende muchas veces del grado de atención y fortaleza que se tenga a nivel íntimo.
En general, y tomando en cuenta las características específicas de cada pareja, los comienzos del matrimonio se caracterizan por una sólida y frecuente vida íntima. La emoción, la atracción, la pación y el interés, son manifestaciones emocionales maravillosas de una relación matrimonial saludable y dinámica.
Estas buenas manifestaciones, sin embargo, deben estar igualmente acompañadas por una estrecha y abundante expresión afectiva que permita mostrar el amor que ambos se tienen y comparten. Pero además, una completa e integral salud íntima conyugal implica necesariamente el compartir una experiencia de crecimiento espiritual permanente, donde ambos reúnen periódicamente sus voluntades, buenos deseos y propósitos compartidos. Como unidad espiritual que es, la pareja en la práctica debe mantener su vinculación por medio de un tiempo en donde se comparten preocupaciones, deseos y voluntades, donde pueden orar, reflexionar y leer juntos.

Disposición pare remozar y cuidar la intimidad conyugal

Continuando con una compresión integral de la intimidad conyugal, la pareja debe con prioridad dedicar tiempo para estar juntos, para conversar, para compartir ilusiones y sueños, para remozar y reafirmar constantemente sus sentimientos -a través del contacto afectivo, las caricias, las palabras, los detalles- y cuidar de no desplazar o descuidar la salud de su sexualidad.

Siempre se presentarán motivos para dedicar tiempo a otras cosas. Siempre se podrá acudir a excusas que expliquen el abandono de algunas prácticas y comportamientos afectivos. Siempre existirán razones de carácter biológico o fisiológico que podrán argumentarse para disminuir el encuentro sexual o la disminución del apetito sexual. Y aunque muchos de estos factores son válidos y hasta inevitables, existen formas y recursos para poder enfrentar las diversas situaciones que se presentan y superar las amenazas que atentan contra una adecuada salud íntima conyugal. La disposición de la pareja es fundamental, y en muchos casos se deberá recurrir al apoyo profesional. No se trata de reprocharse o criticarse por el descenso del interés, por el cansancio, por haber caído en rutinas y costumbres que hacen de la relación una convivencia lejana, predecible y aburrida. Se trata de que ambos decidan remozar el vínculo permanentemente, comprender que la intimidad fortalece la pareja y a la familia también, que el matrimonio, para que permanezca y funcione apropiadamente, debe disponer de tiempo para compartir, para no perder los gestos y detalles afectivos, para mantener una calidad sexual satisfactoria para ambos y para poder profundizar en su unidad, crecimiento y desarrollo espiritual.

Intimidad conyugal y salud familiar

Mucha parejas expresan que han dejado de pasar tiempo íntimo al haberse incrementado las necesidades de atención familiar. Si bien esto sucede en la realidad, lo cierto es que el alejamiento y el enfriamiento de la intimidad conyugal terminan por afectar, sin lugar a dudas, a toda la familia. No por casualidad se reconoce al matrimonio como el fundamento de la familia. No se puede aspirar a familias vigorosas, estables y saludables, con matrimonios débiles, disfuncionales y distantes.
Una vida íntima conyugal comprendida en su verdadera integralidad permitirá no solo contar con parejas felices, y unidas en sus propósitos, seguras del amor y del compromiso que han asumido y realizadas en el disfrute físico, afectivo y espiritual, sino que, además, posibilitará consolidar de mejor manera familias estables y seguras, con una adecuada fundamentación afectiva y emocional. La confianza, la seguridad, la estabilidad y la adecuada autoestima de los miembros de la familia tendrá una mejor proyección a partir del ejemplo que se transmite en todos los ámbitos desde el matrimonio que da origen a la familia.


La calidad de vida de la pareja será el mejor referente para consolidar una buena calidad de vida familiar. Y en este sentido, una estrecha y saludable vida íntima conyugal, conducirá de una manera más segura al desarrollo de familias más saludables y funcionales.

Seis consejos para retomar la intimidad de pareja

  • Decidan y planeen pasar tiempo juntos como pareja. Procuren hacer las cosas que ambos más disfrutan. Empiecen por recuperar un tiempo a solas por semana, dentro o fuera del hogar.
  • Recuperen y no abandonen las prácticas afectivas, los detalles, las expresiones amorosas, el tomarse de la mano, acariciarse, besarse y abrazarse. No importa el tiempo y los años que hayan transcurrido. No permitan que el contacto afectivo sea solo un nostálgico recuerdo.
  • Fortalezcan la comunicación, el diálogo abundante, positivo, personal, el poder compartir en pareja sus sueños, ilusiones, temores y dificultades. Conversen, pero también escuchen con atención lo que hay en la mente y el corazón de su pareja.
  • Remocen y refresquen los encuentros íntimos, eviten caer en rutinas y costumbres. Procuren encuentros donde se cuidan los detalles, la privacidad, sin precipitación, cuidando el entorno con ambientes agradables. Concéntrense en el disfrute de su pareja y no solo en su satisfacción.
  • Propicien tiempo para compartir espiritualmente. Oren juntos, lean juntos, compartan sus inquietudes y necesidades delante de Dios, y procuren siempre animarse con confianza, esperanza y seguridad.
  • Comprendan que la intimidad conyugal no es un estado que desciende con el paso del tiempo, más bien es un proceso permanente e integral que debe ser nutrido y atendido con la decidida y entusiasta participación de ambos cónyuges, que requiere entrega, unidad de intereses y voluntades.

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