En mi experiencia, siete de cada diez parejas que acuden a consejería matrimonial, lo hacen debido a una situación concreta que les afectó recientemente o con motivo de un problema concreto que hizo más evidente la deteriorada y conflictiva relación que mantenían.
Sin embargo, en prácticamente el ochenta por ciento de todos los casos, durante el proceso de las sesiones de consejería, las parejas descubren que las situaciones de estrés y conflicto que vinieron en ascenso en el transcurrir del tiempo, iniciaron por un alejamiento paulatino del vínculo conyugal, por un ininterrumpido descuido mutuo de los detalles y de las muestras de interés, por un abandono simultáneo de las expresiones afectivas y románticas, y por un cansancio creciente y generalizado que termina por debilitar severamente la convivencia.

Las parejas acuden por un padecimiento agudo, por la necesidad de atender y solucionar lo que les aqueja en ese momento, pero rápidamente se percatan que el problema viene desde muy atrás, que es más complejo y profundo de lo que pensaban, y que es originado por una combinación de factores que han hecho de la relación conyugal un desgastado y erosionado vínculo, apenas  soportable, en el mejor de los casos.  

Las parejas se dan cuenta en el proceso que, muy lejos de lo que se imaginaban, la mayoría de sus problemáticas no obedecen a causas muy notorias y de súbita aparición,  sino que iniciaron con el ingreso en su hogar de lo que se suele llamar “los enemigos silenciosos del matrimonio”. 
En efecto, uno de los principales adversarios del matrimonio es el alejamiento gradual de la pareja. Con el tiempo, las ocupaciones en que ambos se ven envueltos, el nivel de exigencia, apuro y saturación de la vida laboral y familiar, terminan por distanciar a los cónyuges y hacer muy escasas las oportunidades cotidianas para compartir como pareja.
Otro factor que contribuye a ese alejamiento es la atención que ambos dedican al cuidado, crianza y educación de los hijos, lo cual no sería problema para nada,  por supuesto, sino fuera porque para cumplir con esa función familiar, se desatienden ellos como pareja y se distancian significativamente. Se puede y debe ser padre o madre responsables, dedicados y amorosos, sin dejar de ser cónyuges cercanos, apasionados y amorosos. 

Al poco tiempo que disponen las parejas en la actualidad para compartir, se le agrega el descuido de los detalles y de las muestras de interés. Pareciera que el entusiasmo que les invadía durante los primeros años de noviazgo y matrimonio, el deseo por agradarse, conquistarse y complacerse, se esfumó sin darse cuenta.
Lo cierto es que la mayoría de las cónyuges admiten haber extraviado en el camino los detalles de afecto, las pequeñas cosas que a ambos les atraían y el interés por presentarse en sus mejores versiones cuando están juntos o planean una visita en pareja.
Y, lamentablemente, considera la mayoría innecesarias las expresiones afectivas y románticas. Al menos así lo manifiestan inicialmente, aunque profundizando en las conversaciones y sesiones de consejería, terminan por admitir su hondo anhelo de volver a sentir la ilusión y la emoción que provocaba el acercamiento y el intercambio afectivo y romántico de la intimidad conyugal. 
En ocasiones lo niegan porque señalan que, con los años, ya no hace falta el cortejo, los elogios y la seducción, pero luego más bien reconocen que esas atenciones les hace sentirse muy bien y que quisieran recuperarlas para agregar luz y brillo a sus vidas de pareja. Lo cierto es que el matrimonio no debe ser un lugar donde el amor decrezca y el romance decaiga, todo lo contrario, debe ser el escenario idóneo donde la relación se consolide y afiance a partir de un amor que es sentimiento y voluntad a la vez, que es intimidad y encuentro intenso, pleno, integral y trascendente.

La rutina y la costumbre son también enemigos silenciosos del matrimonio. La falta de novedad, de remozar el vínculo, convierte la convivencia en un continuo de actividades y responsabilidades predecibles y rutinarias. El agotamiento no solo sucede a partir de las múltiples ocupaciones que se experimentan, también lo produce el hacer siempre lo mismo. La falta de emoción e ilusión en la vida conyugal puede devenir en aburrimiento y cansancio, ambos peligros indeseables del matrimonio.
En los procesos de consejería matrimonial, muchas parejas se dan cuenta que sus desvencijadas relaciones han llegado a ese estado por desidia y desinterés, por descuido y distracción, por desenfocarse de las verdaderas prioridades familiares y vitales. 
Retomar el camino con un verdadero reencuentro matrimonial es la clave. Debe haber eso sí, disposición y voluntad, porque casi siempre el amor genuino perdura, aunque adormecido y debilitado, y de lo que se trata es de volverle a  recuperar su intensidad.  
Los enemigos silenciosos son vencidos, cuando se blinda el matrimonio con un amor que se expresa y manifiesta, que se fortalece y remoza, que se siente permanentemente como un fuego que no se extingue nunca.

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