Abrazando a su Hijo con Necesidades Especiales

Desde el primer momento en que usted se entera de la discapacidad de su hijo, comienza a luchar por lo que usted cree que es mejor para él.  

Usted escucha el término defensor, y ese título se convierte inmediatamente en su nueva identidad. Usted aprende rápidamente lo que implica, y esa carga le afecta en todo momento. Usted se vuelve más fuerte debido a esa carga constante, pero eso no significa que ya no dude de sí mismo. De hecho, se pregunta constantemente si está haciendo lo mejor para su hijo: si está tomando las decisiones correctas, si está haciendo suficiente terapia o si está haciendo demasiada terapia y de alguna manera le está quitando a otras necesidades. 

No hay un libro de reglas 

Cuando usted cría a un niño con necesidades especiales, eventualmente aprende que no hay un libro de reglas, que ser un defensor es algo diferente para todos. Lo que aprendí en mi propio viaje es que es fácil fijar la vista en la próxima cirugía, terapia, dieta o cita, pero a menudo es difícil abrazar y disfrutar a su hijo en este momento. 

Nuestra hija acaba de cumplir 6 años. Ella es el rayo de sol más terco que jamás haya conocido. Le encanta cantar y bailar, jugar con muñecas bebés y luchar con sus hermanos mayores. La adoptamos hace tres años y medio, y tiene Síndrome de Down. 

Después de llevarla a casa, comenzamos a hacer todas las cosas que sabíamos que serían beneficiosas para ella. Agotamos todas las opciones de terapia y trabajamos con ella constantemente. Cada mes que pasaba, progresaba y aprendía cosas nuevas. Ella comenzó a crecer y aumentar de peso y finalmente comenzó a caminar (¡y a correr poco después!). 

El habla era la única área en la que realmente parecía tener dificultades, pero me dije a mí misma que solo necesitábamos trabajar más duro en ello. Intentamos con todos los programas que prometían resultados y aún así progresamos muy poco. 

Me culpé a mí mismo. Constantemente tenía los ojos abiertos para esa “próxima” cosa nueva que probar con ella. Vi videos de otros niños con Síndrome de Down, niños mucho más pequeños que mi hija, cantando su abecedario y leyendo. Lloraba porque sentía que le había fallado. 

Perdiendo la vista de la bendición 

Un día sentí que Dios le hablaba a mi corazón y me hacía la pregunta: ¿Por qué te importa tanto si ella habla? Pensé en todas las razones obvias por las cuales comunicarse verbalmente facilitaría la vida de mi hija, y la mía también. Cómo soñé con escucharla hablar con sus hermanos o diciéndome que me amaba al final del día al acostarla. 

¿Pero no hacía ella ya esas cosas? La idea surgió dentro de mí y me detuvo en seco. Al instante recordé cómo ella corre hacia mí y envuelve sus brazos alrededor de mi cuello, ahogando mi mejilla con besos. Y cómo la escucho jugar con sus hermanos todos los días. 

Dios me estaba mostrando cómo había enfocado tanto tiempo y energía en quién quería que fuera mi hija, todo en nombre de lo que fuera mejor para ella. Sin embargo, había perdido de vista la bendición que ella ya es, tal y como es, no verbal y todo. Estaba tan concentrada en que ella hablara que no estaba escuchando lo que ya me estaba diciendo en nuestra vida cotidiana. 

Como padres, necesitamos encontrar el equilibrio entre presionar a nuestros hijos para que sean todo lo que Dios los creó para ser, al mismo tiempo que reconocemos que no hay absolutamente nada que puedan hacer (o decir) para hacernos amarlos más. Debemos preguntarnos constantemente: ¿Qué mensaje le estoy enviando a mis hijos? ¿Es un mensaje de aliento fundado en amor incondicional? ¿O es un mensaje que dice que no son suficientes tal y como son? 

Es posible que todos los días reciban el último mensaje de parte del mundo que los rodea, pero debemos asegurarnos de enviarles un mensaje muy diferente en casa.  

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© 2020 Focus on the Family. All rights reserved. Used with permission. Authored by Natalie Maxwell. Originally published in English at focusonthefamily.com.

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