Una joven y hermosa madre, con inigualable y  conmovedora expresión, a la vez potente y tierna, de penetrante dolor y envolvente amor, cautiva y estremece a quien se acerca a observarla. Se trata de La Piedad, la obra en mármol de Miguel Ángel, esculpida en el Renacimiento, a finales del siglo XV, y ubicada en la Basílica de San Pedro, en el Vaticano. 

Esta bella obra del genial artista, recoge como muy pocas, y de manera inefable, el momento en que María, la madre de Jesucristo, sostiene en sus brazos al hijo que yace inerte luego de la crucifixión. Es un instante donde queda plasmado en la maravillosa pieza de mármol, ese eterno, insuperable, absoluto, incomparable e indescriptible amor materno.

Cuesta poder encontrar reflejado en el arte una expresión de amor materno más plena y hermosa. Un intenso y profundo dolor recogido en un corazón materno que abraza a su hijo fallecido, pero muestra del mismo modo la belleza e inmensidad del amor y la ternura que solo pueden  alojarse en el corazón permanentemente remozado y fresco de las madres. 

Siendo el regazo de las madres el lugar más extraordinario y apreciado donde alguien pueda estar, siendo el corazón, la mirada y los brazos de las madres las fuentes de amor verdadero más inspiradoras que pueden existir, pareciera entonces extraño y contradictorio la devaluación que ha tenido el significado de la maternidad en las últimas décadas. Pues pareciera haber una explicación. Años atrás, a la maternidad se le veía como algo muy bueno. Familiares,  amigos y compañeros, se alegraban y felicitaban cuando se enteraban que alguien cercana estaba embarazada y que sería madre. Pero esta concepción positiva de la maternidad tendió a variar y la maternidad -aunque para gran parte de las personas continuaba siendo una valida y hermosa aspiración- comenzó a observarse como un obstáculo para el cumplimiento de metas profesionales y laborales de las mujeres, principalmente de las más jóvenes.

De esta forma, en el pensamiento de muchas parejas jóvenes, la opción de conformar proyectos familiares con la presencia de varios hijos -familias numerosas- se ha venido postergando y descartando o, en el mejor de los casos, se ha sustituido por proyectos familiares con uno o dos hijos, cuando mucho. El resultado: parejas que empiezan a ser padres más tardíamente, hogares más pequeños, sociedades con más adultos mayores y menos jóvenes en edad productiva que puedan sostener el sistema de bienestar social.Sin embargo, no es que las parejas jóvenes, y en especial las mujeres, no deseen tener varios hijos. Los estudios que se han realizado al respecto en Europa y algunos países de América Latina, muestran que cuando se les pregunta cuántos hijos “tienen o van a tener”, suelen dar una cifra menor de la que brindan cuando se les pregunta cuántos hijos “quisieran”  tener.  Y es que esta es la clave: por razones económicas, de ocupación y de posibilidades de cuido -entre otras- las parejas prefieren pensar en uno o dos hijos, en lugar de cantidades mayores que, sin embargo, bajo otras circunstancias y con los apoyos sociales y laborales apropiados, estarían más próximas a sus deseos.

Pero aún con todas estas limitaciones, y a pesar de que los entornos sociales, culturales, laborales y hasta familiares no hayan sido tan favorables a la maternidad en las últimas décadas, ésta continúa siendo hermosa, insustituible, relevante y determinante. Lo es para todos, por supuesto, pero especialmente para los hijos.

Kahlil Gibran, el poeta, ensayista y novelista libanés, señaló una vez con su habitual sabiduría: “Madre, es la palabra más bella pronunciada por el ser humano”. Y con cuánta razón. El amor está en Dios, porque Dios es amor, pero si hay un lugar donde el propio Dios ha depositado la esencia de su amor maravilloso, ese íntimo y sublime lugar es el corazón de las madres

Yo recuerdo como desde muy pequeño, la sola dulce voz de mi madre aliviaba cualquier inquietud, apaciguaba cualquier temor, despejaba cualquier duda y atendía cualquier requerimiento. Recuerdo sus brazos amorosos convertidos en el más cálido refugio de sueños y anhelos, siendo el más significativo albergue  donde se encontraba sosiego, refugio y paz.

Mi madre fue una educadora ejemplar. Para sus hijos fue una maestra que guiaba, acompañaba, enseñaba, orientaba y animaba; para sus alumnos fue una madre que escuchaba, motivaba, apoyaba, atendía, reconfortaba. Para unos y otros, un ser humano que amaba…

Es que las madres son así, con un corazón inmenso, desbordado de amor y ternura. Su regazo siempre disponible para acoger al hijo  cuando éste lo necesite y lo busque. No importa si el hijo le visite con frecuencia, recurra a ella ocasionalmente, o esté lejos por diversos motivos, la madre estará siempre ahí, con su voz dulce y tierna, su mirada atenta, sus brazos permanente cálidos y su corazón colmado de amor.

Los reportes estadísticos muestran el aumento de los hogares monoparentales en la mayoría de los países de Iberoamérica. Este tipo de hogares están a cargo, principalmente, de mujeres. Esposas que han sido dejadas por sus maridos y que, además de tener que enfrentar los desafíos propios de la disolución conyugal, les corresponde atender las mayores responsabilidades de cuidado, crianza y educación de los hijos que han quedado con ellas. Para salir adelante, igualmente, deben procurar un mayor ingreso económico, teniendo que salir a trabajar fuera del hogar, lo que hace que sus tareas de madre se vean complicadas.

Son definitivamente mujeres heroicas, porque aún con la participación de padres amorosos, responsables y comprometidos, la sobrecarga del trabajo recae en la madre, quien, fatigada, acongojada y preocupada, al final de cada jornada, aún sonríe y toma tiempo para estar, abrazar y amar a sus hijos.
Las madres son sinónimo de desprendimiento, de entrega y de donación total. Ningún corazón puede amar más que el corazón de una madre cuando ama a su hijo. Es el amor expresado en absoluta alegría y realización cuando el hijo nace y se mira recorrer las distintas etapas de su vida. Y es el amor expresado en absoluto dolor y profunda tristeza cuando el hijo sufre o fallece. La Piedad de Miguel Ángel, recoge con belleza sin igual esa dual e impoluta esencia de la maternidad.

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