Los padres suelen creer que son ellos los únicos que tendrán la posibilidad y responsabilidad de enseñar a los hijos.  El ser padre y madre hace que las personas se sientan maestros, entrenadores y orientadores. Y en cierto sentido, esto es así, pero también, con el tiempo, los padres descubren otra gran verdad: los hijos también le enseñan mucho a sus progenitores.Esta es una enseñanza de vida. Los padres que se disponen con amor, amplitud y flexibilidad a este proceso maravilloso de la crianza de los hijos, terminan aprendiendo muchas lecciones de ellos.

Un inmenso amor
 El amor por los hijos es prácticamente indescriptible.  Desde el momento en que nacen, el amor hacia ellos no termina de crecer.  No se puede comparar con ninguna otra muestra de cariño y, cuando viene otro hijo, preocupa el hecho de poder dividir nuestro corazón.  Lo cierto es que poco a poco se descubre que en el corazón hay suficiente espacio para amar con igual intensidad a todos los hijos y se aprende a vivir con ese amor infinito y total toda la vida.

No todo está bajo control
Independientemente del temperamento de los padres, existe la tendencia de planear la vida de los hijos hasta el mínimo detalle.  Se pretende incidir en sus hábitos, costumbres, selecciones, pensamientos y conductas.  No son pocos los padres que se proyectan en la vida de sus hijos, que procuran “vaciar” sus propias aspiraciones y expectativas en la mente y corazón de sus hijos.

Sin embargo, más pronto que tarde, los hijos enseñarán que ellos traen su propio carácter, sus propios intereses, harán sus particulares elecciones y muy poco podrán hacer los padres para que las cosas continúen bajo su absoluto control.  Muchas decisiones de los hijos serán distintas a las preferidas por sus padres y esto no está mal.  Los padres deben aprender una nueva lección: amar, ser flexibles, dialogar y saber respetar.

El autocontrol
También muchas veces los hijos someterán a sus padres a verdaderas pruebas de paciencia, perseverancia y dominio propio.  En las distintas fases de sus vidas, los menores harán cosas que enfrentarán a los padres a circunstancias difíciles.  Sean en temas de salud, aprendizaje, amistades o decisiones cruciales, los padres podrán experimentar enojo, frustración, impaciencia y desánimo. Pero frente a estas eventuales emociones, el autocontrol, la persistencia, la paciencia y la comprensión serán enseñanzas muy saludables que todo padre y madre deben aprender a adquirir desde que los hijos nacen.

El centro de interés
La mayoría de los padres saben que, a partir del nacimiento de sus hijos, sus intereses y prioridades se modifican.  Muchos de los hábitos individuales y de pareja pueden experimentar cambios porque ahora se trata de brindar lo mejor a los hijos.  Los intereses propios se postergan en función del bienestar de los menores.  Aún prácticas muy arraigadas en la alimentación, la higiene y otras, son modificadas procurando el beneficio de los hijos.  La pareja debe cuidar los desbalances muy pronunciados en este aspecto, pero es una realidad el hecho de que los hijos obligan a redefinir prioridades e intereses en la vida de sus padres.  Gran parte del tiempo, de las decisiones y las adquisiciones familiares se harán en función de los hijos.  Algo que en general los padres aprenderán a incorporar a sus vidas con bastante satisfacción.

Los hijos son diferentes a sus padres
Joan Manuel Serrat, el cantautor catalán, dice en un verso que “…A menudo los hijos se nos parecen, y así nos dan la primera satisfacción…”.  Pero lo cierto es que aún con las esperables semejanzas y similitudes, los hijos son diferentes a sus padres en temperamento, personalidad, gustos, preferencias y aspiraciones.  Conforme los menores crecen, esas diferencias se van haciendo cada vez más claras y evidentes.

Los padres deben ayudar a que sus hijos atiendan y resuelvan sus aspectos débiles y a que aprovechen sus fortalezas.  Pero ante todo deben respetar el hecho de que sus hijos son diferentes a ellos y no pretender que cumplan sus expectativas de padres.

Cuando los padres descubren las especificidades de sus hijos, aprenden a apreciar, valorar y disfrutar esas diferencias.

Los padres no son perfectos
Los hijos enseñan que los padres no son perfectos. En efecto, cometen errores, se cansan, se extralimitan -en ocasiones-, se exacerban, se enojan… pierden el control.

Muchas situaciones que enfrentan los padres harán que se equivoquen.  Pero los hijos enseñan a que la paciencia, el admitir los errores y el amor son suficientes “ungüentos” emocionales para aliviar las lesiones y seguir adelante. Los hijos no esperan ni aspiran a tener padres perfectos, sino padres que los amen.  De igual modo, los padres deberían aprender esto y aplicarlo a sus hijos, es decir, no pretender hijos perfectos, sino hijos que se amen por lo que son.

No criticar y juzgar a otros
De los hijos se aprende que es mejor no ser ligeros a la hora de criticar posiciones o actitudes de otros.  Muchas veces los padres, frente a sus propios hijos, asumen posturas que en el pasado juzgaron severamente en otros.  Y es que los hijos enseñan a que una cosa es ver de lejos el comportamiento de otros padres, y otra muy distinta ver la misma situación cuando les toca personalmente.

No caminar muy aprisa
El mundo actual camina a un ritmo muy veloz y vertiginoso. Los adultos generalmente asumen en sus vidas esta velocidad. No obstante, los hijos, sobre todo cuando están pequeños, enseñan que hay que replantear el ritmo de vida. Ellos necesitan caminar más despacio, observar con atención las cosas, mirar los detalles, detenerse, preguntar, aprender.

Si los padres no quieren vivir en estrés y ansiedad, y ante todo trasladarlo a sus hijos, deben asumir una actitud más tranquila y pausada.  Caminar al ritmo de sus hijos y, junto con ellos, “saborear” la vida.  Cuando esto sucede, los padres habrán aprendido a disfrutar mejor la vida junto con sus hijos e hijas.

Nunca se deja de aprender
Si algo importante se aprende con los hijos es que los menores cambian en cada momento y durante las distintas etapas de sus vidas.  En ocasiones están contentos y entusiastas y al instante se molestan y reaccionan enojados. La adolescencia, por ejemplo, es una etapa de alteraciones y contrastes emocionales frecuentes, y los propios hijos muchas veces no comprenden lo que les está ocurriendo.
Además, cada hijo es diferente, y los padres podrán tener parámetros de cuidado, crianza y educación generales, pero éstos tendrán que ser adaptados de acuerdo a las características particulares de cada hijo.

De esta forma los padres nunca terminarán de aprender, siempre tendrán que hacer ajustes, y aplicar en el diálogo y en los acuerdos, novedades y fórmulas diferenciadas. Esto representa para los padres un desafío permanente y un aprendizaje emocionante

Las mejores virtudes
Si algo tienen los niños cuando están pequeños es que son personas solidarias, alegres, sencillas, sensibles, cariñosas, poco rencorosas, con deseos de aprender, con sueños y espontáneas.
Estas virtudes deben ser incorporadas o más bien redescubiertas por los padres.  Son enseñanzas que pueden hacer grandes diferencias.  Si los padres se dejan inspirar por sus propios hijos, podrán experimentar una transformación positiva de sus pensamientos y actitudes. Los hijos hacen que sus padres extraigan lo mejor de sí mismos y los hagan ser mejor seres humanos.

Definitivamente los padres tienen mucho que aprender de sus hijos y lo primero es saber que en ese maravilloso recorrido al lado de sus hijos, ambos se enseñan y ambos crecen como personas.

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