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Aliados no adversarios

Mujer y hombre alegres viendo la camara

En el ámbito de las Ciencias Sociales, cuando se mencionan “aliados y adversarios”, se suele  asociar estos términos a  escenarios de disputa, confrontación, conflicto o guerra. De manera particular,  cuando se abordan aspectos estratégicos en el análisis de conflictos, en las relaciones internacionales, la política, la sociología, entre otros, es frecuente encontrarse con la necesidad de identificar  los actores, el papel que éstos podrían jugar en los diversos escenarios y las estrategias y tácticas a ejecutar. 

Existen en la literatura política clásica algunos textos indispensables para entender el papel de los aliados y adversarios y para el alcance de algunos logros estratégicos concretos. El Arte de la Guerra de Sun Tzú, El Príncipe de Maquiavelo, o ¿Qué Hacer? de Vladimir Lenin, podrían ser, quizás, algunos textos de lectura obligada para entender, desde diversos algunos ideológicos, conceptuales y metodológicos, este intrincado tema de las estrategias y la identificación de aliados y adversarios.

Cuando se habla de aliados, se entienden aquellos actores con los que se establece una alianza, con quienes se comparten ideas, principios, causas y objetivos. Suelen ser aquellos con quienes hay identificación, cercanía y propósitos comunes.

Pero cuando se habla de adversarios, por el contrario,  se señalan más bien a aquellos con los que se compite en procura de un mismo objetivo o en la superioridad de algo. Suelen ser aquellos a los que se deben vencer en la aspiración de un propósito al que no se puede aspirar compartiéndolo con ellos, sino “derrotándolos”.

Pero cuando el tema de análisis y reflexión es el de las relaciones familiares y, de manera especial, el del vínculo conyugal, pareciera que no debería existir entonces ninguna confusión en cuanto a cuál debería ser el objetivo estratégico fundamental y si estamos hablando de aliados o adversarios en el ámbito del hogar.

Entonces, ¿por qué pareciera en ocasiones que los miembros de la familia se comportan como enemigos o adversarios, en lugar de mirarse y relacionarse como auténticos aliados? La explicación podría encontrarse en el estudio que realizan los especialistas del comportamiento humano, desde la óptica de la sicología, la sociología y las  ciencias políticas.

En efecto, algunas dinámicas familiares y, en particular, algunas relaciones matrimoniales, suelen parecerse a veces más a escenarios de confrontación y guerra, que de colaboración y armonía. Los  miembros del hogar asumen en ocasiones actitudes que los colocan en posiciones de conflicto permanente, como que si de lo que se tratara el matrimonio fuera de una “lucha de poder”. Algo que es, por lo demás, absurdo y contradictorio, porque el matrimonio y la familia, son instancias conformadas precisamente con el propósito contrario, es decir para relacionarse en paz, armonía y amor.

Sin embargo, el problema se encuentra cuando la perspectiva que prevalece en algunos de los miembros del matrimonio o del hogar es la individualista y no la colectiva. Cuando lo que importa es imponer una voluntad, una perspectiva y una visión de las cosas, por sobre las posiciones y perspectivas de los otros miembros del hogar.

El matrimonio, por su característica y funciones naturales, se constituye a partir de una decisión libre y voluntaria de dos personas de unir sus vidas en un proyecto de vida en común, para trascender mediante la conformación de una familia,  y para amarse y respetarse de manera permanente. Este es un propósito sustentado en un principio que supone la conformación de un vínculo sólido, estable, saludable, fuerte y funcional. 

No significa que en los matrimonios y en las familias no deben existir diferencias, dificultades y problemas. No existen hogares con estructuras y dinámicas perfectas, pero debe asumirse que los miembros de la familia deben trabajar unidos para concentrar sus esfuerzos en enfrentar las dificultades con voluntad y convicción. El reconocido especialista del Instituto de Estudios Superiores de la Familia, de la Universidad Internacional de Catalunya, Ignaci de Bofarull, señala que una familia fuerte y exitosa es aquella que enfrenta los problemas de manera oportuna, con diálogo constante y respetuoso, arribando a acuerdos satisfactorios para todos sus miembros y alejando las posibilidades de que las situaciones de confrontación crezcan y se prolonguen.

Por el contrario, un matrimonio y una familia débil y cercana al colapso será aquella que enfrenta los problemas con estrés e irrespeto, que ingresa rápidamente a los escenarios de conflicto, enojo y resentimiento, y los prolonga en el tiempo, que no logra acuerdos satisfactorios y escala en la falta de entendimiento. Es en este marco de cosas, cuando la pareja o los miembros del hogar comienzan a mirarse como adversarios en lugar de aliados, encaminando la relación a niveles de conflicto que arriesgan terminar en daños irreparables o en eventuales disoluciones familiares.

Tanto matrimonios como familias deben saber que son aliados en un proyecto en común, que deben unir esfuerzos para luchar juntos y superar las diferencias y dificultades.  No se pueden observar unos encima de otros, o unos delante de otros, sino unos al lado de los otros,  complementándose y dialogando permanentemente pata llegar a síntesis creativas, a partir del aporte de todos.

Para evitar los conflictos, las parejas y familias deben resolver sus diferencias mediante acuerdos satisfactorios, para que se logren estos acuerdos debe haber un entendimiento adecuado entre todos, y para la obtención de este entendimiento es imprescindible una apropiada comunicación. Pero este proceso se convertirá irremisiblemente en un intento fallido si la pareja o los miembros del hogar se ven como enemigos o adversarios, en lugar de aliados de una misma causa.

Es frecuente observar en las sesiones de consejería a parejas que se enfrascan en verdaderas batallas campales tratando de aferrarse a sus rígidas posiciones, defendiendo sus puntos de vista y atacando a los de su cónyuge. Es el mismo escenario que los confronta cotidianamente y que los hace mirar paredes donde podrían construir puentes. Pero se requiere un cambio de actitud, mirarse de otra manera, ser más generosos, tener buena voluntad para escuchar  y abandonar sus inflexibilidades.

En general, cuando una pareja establece e inicia su relación, suelen tener una disposición especial fundamentada en ese deseo de agradarse y de hacer sentir bien a la otra persona. Hay una intensión mayor de tolerancia, respeto, paciencia e, incluso, disimulo de aquellos aspectos que quizás se asoman y no gusten mucho de la persona con la que se está iniciando el vínculo. Pero esa actitud es la que tiende a cambiar en ocasiones, y lo que antes no era motivo de disputa o disgusto, con el tiempo, comienza a enfrentar y alejar.

Por eso es tan importante que, sobre la base del amor que debe unir todo vínculo conyugal y familiar, se retome y renueve día a día esa actitud de mirarse con interés, respeto, tolerancia y afecto. No puede concebirse una relación que inicia con dos personas que se alían mediante el amor para establecer y consolidar un proyecto en común, se vayan convirtiendo en el camino en dos personas adversarias o enemigas que luchan por una porción de razón o de “poder”.  Es la paradoja del sin sentido.

En un matrimonio y en una familia, los miembros son aliados, están del mismo lado, no en aceras distintas; en el mismo equipo, no en bandos opuestos. Si uno gana, ganan los demás, si uno pierde, pierden los demás. Por eso mismo, aunque las diferencias y dificultades son inevitables, el trabajo de equipo y la unión de los esfuerzos será la única ruta saludable para conformar estructuras y dinámicas familiares fuertes, exitosas y sostenibles.

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