En el momento en que se dice la palabra “autoridad”, hay personas que equivocadamente piensan que se refiere a severidad y enojo. No obstante, la autoridad trata sobre un liderazgo que se da a respetar y de un ejemplo que inspira. Si el líder no infunde respeto, no hay liderazgo, sino anarquía y caos. 

La misión fundamental de los padres es entrenar a los hijos para enfrentar la vida con acierto, para esto se requiere balancear el amor, el respeto y los límites. Este proceso permite a los hijos crecer en disciplina, que es el camino para adquirir autonomía, autocontrol y comportamientos socialmente aptos para relacionarse con los demás en forma adecuada.

El respeto inicia con una disciplina constante pero, a diferencia del castigo, esta disciplina está basada en lo positivo, es decir, en definir el comportamiento que deseamos en nuestros hijos para su propio bien. Partimos del proceso de establecer límites y de explicarlos con claridad para definir las conductas que se consideran apropiadas.

El marcar límites claros y mantener una disciplina bien entendida otorga un camino dirigido hacia la responsabilidad, la madurez, la independencia y la libertad. Esta tarea implica un arduo trabajo, pero la perseverancia dará gran satisfacción a todos, al legar a las nuevas generaciones las bases sólidas para enfrentar la vida.

Cuando esto no ha ocurrido, muchos adolescentes al crecer experimentan dificultades en sus relaciones interpersonales con los adultos. Experimentan una sensación de incomprensión que suele generar una incapacidad de seguir instrucciones, rebeldía y resistencia a la autoridad. Detrás de ello, hay una búsqueda intensa de aceptación y seguridad. Enseñar a nuestros hijos a respetar a los demás y, sobre todo, a la autoridad, contribuye en su felicidad y desarrollo humano, y les permite tener relaciones sociales satisfactorias.

Primeros desafíos infantiles

El primer desafío a la autoridad se da cuando el niño tiene cerca de dos años. Realmente no se trata de una edad específica, sino del momento en el que intenta descubrir quién manda y comienza a desafiar los límites insistiendo en ir por donde le prohibieron o hacer lo que le negaron.

Tenemos que ganar este primer desafío porque esto puede determinar quién tiene la autoridad en la casa, sobre todo si el niño aprende que puede manipular con llantos y gestos. Sin embargo, una vez que la autoridad es establecida, los niños aprenden a seguirla.

El respeto, al igual que la autoridad, es algo que se gana con el tiempo, con consistencia, firmeza y expresiones de afecto. Es una construcción diaria y requiere de un trabajo en equipo entre todos los adultos que contribuyen en la educación de los niños.

¿Cómo manejamos el berrinche?

Un berrinche es una reacción agresiva y de falta de respeto ante la autoridad de los padres. Puede manifestarse por medio de gritos, portazos, despliegues emocionales o escenas públicas de inconformidad.

Una escena pública de berrinche es incómodo, pero como papás, necesitamos resguardar nuestro hogar de acciones violentas. Aunque el hijo se altere, procuremos no levantar la voz ni responder con agresividad. Para pelear, se necesitan dos. Ante esta situación, hay que mantenernos firmes, pero tranquilos y calmados, bien posicionados en la decisión tomada y esperando un tiempo prudencial para dialogar. El diálogo debe ser: “Te amo, y porque te amo, tienes que obedecer en lo que corresponde”.

Eventualmente, el niño se dará cuenta de que con su comportamiento de rabieta no va a conseguir lo que quiere, sea un permiso, un objeto o, incluso, llamar la atención de sus padres.Nadie puede tomar nuestro lugar como progenitores en la formación del carácter de nuestra descendencia. Si sucumbimos ante la manipulación, nuestros hijos perderán la posibilidad de dominar una crisis emocional. Los hijos necesitan aprender a manifestar su enojo y frustración de la forma correcta. Esta será una buena oportunidad para instruir.

¿Cuándo los hijos pierden el respeto por sus padres?

Cuando los padres no respetan los límites y reglas que ellos pusieron. Algunos padres son débiles a la hora de ejercer la autoridad y ceden fácilmente ante las presiones, amenazas y manipulaciones de los hijos.

Cuando la autoridad está dividida y se boicotea a sí misma. Esto es muy común cuando los padres no se ponen de acuerdo y los hijos aprenden a manipularlos.

Cuando los progenitores se irrespetan entre sí delante de los hijos. Una mamá dijo: “Solo bastaba que nos sentáramos a la mesa para que mi esposo comenzara a humillarme delante de mis hijos. Sus insultos eran constantes. Lo que hacía era quedarme en silencio. Era como si tuviera furia contra mí y no comprendía por qué”. Nuestros hijos aprecian cuando ven que nos respetamos entre nosotros. Una hija dijo: “Yo quisiera casarme con un hombre que se parezca a mi papá, porque me agrada la forma en la que trata a mi mamá.”  

Cuando el progenitor abandona el hogar. Esto hace que los hijos experimenten un sentimiento de inseguridad y no pueden comprender por qué respetar a alguien que los hizo sentir abandonados. Pero también suele ocurrir que irrespetan al progenitor que se quedó, al pensar que fue culpa de este el abandono del que se marchó.

Cuando los padres agreden a los hijos. La violencia genera temor y por eso los hijos acceden a obedecer, pero nunca inspira respeto. La obediencia por temor tiende a perderse en la juventud y en la adultez, en cambio el respeto se mantiene de por vida.

Cuando los adultos se comportan como si fueran iguales a los hijos. En ocasiones, quieren sentirse tan iguales a los adolescentes, que hablan y se comportan como ellos, lo que incluso puede producir vergüenza en los jóvenes.

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