La dependencia emocional es un rasgo muy característico de las relaciones interpersonales insanas. En muchos de los casos de violencia de género, tristemente tan notorios hoy en día, se podrían encontrar con facilidad características de dependencia emocional por parte de la víctima. Nuestros países han lidiado con este fenómeno desde la perspectiva legal, endureciendo las condenas contra los agresores; sin embargo, esto parece ser inefectivo pues los datos señalan que, cada día en Costa Rica, se solicitan en promedio 132 medidas de protección1, o sea la ley castiga, pero el flagelo continúa.

Dependencia es sinónimo de falta de autonomía. Nacemos dependientes; no somos capaces de alimentarnos, asearnos o defendernos por nosotros mismos en los primeros años de nuestra vida. Son los padres quienes ejercen esa labor de guardianes y proveedores, es decir, en esta etapa somos dependientes de ellos, no somos autónomos.

Esta falta de autonomía debería ir desapareciendo a medida que iniciamos el crecimiento, tanto físico como social. Sin embargo, es aquí donde encontramos los primeros enemigos de nuestra autonomía: padres sobreprotectores.

Cuando los padres son divorciados, ambos trabajan fuera de casa, o en casa hay un ambiente de rivalidad entre los padres, puede manifestarse en estos un gran sentimiento de culpa que les empuja a sobreproteger a sus hijos dedicando una gran cantidad de energía y recursos en satisfacer los mínimos caprichos de los niños o en evitar que estos se enfrenten a situaciones que les generen ansiedad. Esto no por el bien de los niños, sino para alivianar su propio sentimiento de culpa.

Esta práctica de los padres, hace que los niños sean incapaces de enfrentar por sí mismos los retos de la vida, y genera en ellos una dependencia emocional; un apego, una incapacidad para resolver, una deficiencia en sus capacidades para discernir los estímulos del entorno y, todo esto, puede devenir en una baja autoestima.

Autonomía es una palabra compuesta por dos vocablos griegos: “auto” (por sí mismo) y “nomos” (norma, regla). Autonomía es la capacidad para gobernar las propias acciones sin depender de otros, la definición también incluye la capacidad para asumir las consecuencias que se derivan de los propios actos, esto significa responsabilidad.

La autonomía es entonces el punto equidistante entre la dependencia y la desvinculación afectiva.

Como padres responsables nuestra labor debe ser proveer protección y cuido en la sana medida en que sea necesario, sin ir más allá de lo correcto para no caer en el error de crear personas dependientes; hoy, de los padres, mañana, de una pareja abusiva.

Los padres sobreprotectores hacen que sus hijos no sean capaces de enfrentarse con la frustración de una leve discusión familiar, haciendo una tormenta de un vaso de agua. Los jóvenes que provienen de familias sobreprotectoras son más proclives al uso de herramientas dañinas como los gritos, la violencia verbal o física, la intimidación, la amenaza o la manipulación para lograr sus propósitos, pues nunca les permitieron resolver sus conflictos por sí mismos. Estas personas esperan que sus parejas, jefes o sus padres resuelvan sus diferencias y sienten que su vida está llena de desafíos para los que no están listos, ni saben cómo resolverlos.

Para lograr desarrollar la autonomía y vencer el ciclo de dependencia emocional, como padres, debemos empezar a tomar medidas desde muy temprano en la infancia de nuestros hijos.

Unos consejos que le ayudarán:

Enséñele hábitos y permítale desarrollarlos. Un ejemplo de esto puede ser el hábito de lavarse los dientes cada noche antes de acostarse. Permítale lavarse los dientes, no lo haga por ellos. Supervisar es una cosa muy distinta a controlar. Ponerse el pijama, preparar su mochila para ir a la escuela, preparar los uniformes, etc. 

Permítale tomar decisiones. Desde cuál ropa ponerse, hasta la posibilidad de negociar horarios. Darle opciones les preparará para tomar decisiones más importantes y trascendentales.

Dele responsabilidades acordes a su edad y habilidad. Pasear el perro, acomodar su cuarto cada sábado, lavar su plato, usar la lavadora de ropa o lavar el coche familiar.

Respete la forma en que sus hijos se desempeñan. Cuando imponemos nuestra manera de hacer las cosas sobre la manera en la que los niños desean, los anulamos; les decimos que son incapaces de ejecutar sus deseos o gustos, y crecen con la sensación de necesitar siempre la ayuda de alguien superior.
Son unos simples pasos que nos ayudarán a desarrollar autonomía y responsabilidad en nuestros hijos y así les prepararemos para un futuro independiente.

Ahmed Jiménez, Licenciado en Psicología Clínica, ha laborado como consejero y pastor de jóvenes por más de 18 años en el Centro Victoria Pérez Zeledón. Conferencista, expositor y escritor de 2 libros: “Primero lo Primero” y “Camino al Palacio”; profesor de la Inglés en la Universidad Latina de Costa Rica, UMCA, UNED. Casado y padre de familia.  

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