En aproximadamente veinticinco años como consejero familiar, me resulta difícil recordar un caso en que algún padre o madre de familia haya manifestado su deseo en que alguno de sus  hijos se equivoque en algo. Por el contrario, lo común es que los padres se esfuercen, en el proceso de crianza y formación de los menores, para que éstos adquieran las destrezas, las convicciones, el carácter y la conducta necesarias para que acierten en la vida.

Al menos esta es la expectativa de los padres, y mucho de la labor en la que se enfocan desde que el niño nace apunta hacia ese objetivo fundamental. Y no puede ser de otra manera, porque de algún modo está en la naturaleza humana el que los padres y madres deseen en lo más hondo de sus corazones ver crecer a sus hijos felices, satisfechos y exitosos.

Claro que existen padres y madres que, por circunstancias especiales y extraordinarias, no asumen con responsabilidad y conciencia la labor de cuido, educación y formación de sus hijos; pero eso no es lo frecuente sino la excepción.

En un foro al que asistí con especialistas del Instituto de la Familia de la Universidad de La Sabana de Colombia, se revelaban los resultados altamente favorables que se obtienen cuando los padres de familia dejan que sus hijos se equivoquen ocasionalmente. Se parte de que los hijos aprenden mejor a partir de sus errores que de sus aciertos.

Por supuesto que se trata de errores controlados, en la medida de lo posible; es decir, que los hijos aprendan de equivocaciones que no comprometan su integridad física o emocional. El error puede producir en el menor un momentáneo enojo, desánimo o frustración, pero  hace que luego se produzca el proceso de  reflexión, evaluación, corrección y aprendizaje.El cantautor catalán, Joan Manuel Serrat tiene una hermosa canción titulada “Esos locos bajitos”, la cual recoge un mensaje sensible y veraz como potente y certero:

“A menudo los hijos se nos parecen,así nos dan la primera satisfacción;esos que se menean con nuestros gestos,echando mano a cuanto hay a su alrededor.
Esos locos bajitos que se incorporancon los ojos abiertos de par en par,sin respeto al horario ni a las costumbresy a los que, por su bien, hay que domesticar.
Niño, deja ya de joder con la pelota.Niño, que eso no se dice,que eso no se hace,que eso no se toca.
Cargan con nuestros dioses y nuestro idioma,nuestros rencores y nuestro porvenir.Por eso nos parece que son de gomay que les bastan nuestros cuentos para dormir.
Nos empeñamos en dirigir sus vidassin saber el oficio y sin vocación.Les vamos trasmitiendo nuestras frustracionescon la leche templada y en cada canción…
…Nada ni nadie puede impedir que sufran,que las agujas avancen en el reloj,que decidan por ellos, que se equivoquen,que crezcan y que un día nos digan adiós”.

Los padres y madres deben saber que su función fundamental e insustituible en el hogar es la de acompañar a sus hijos en la bellísima aventura y, a la vez,  responsabilidad de crianza, cuido y educación de los menores. Pero este “acompañamiento” no significa dirigir la vida de sus hijos ni pretender hacer las cosas por ellos. Es ante todo recorrer el camino a su lado, orientando, apoyando, aconsejando, enseñando… Para al final soltar y dejarlos ir…

Tampoco significa impedir que cometan errores, porque de esta manera se les estaría obstruyendo su proceso de aprendizaje.

En efecto, las mejores lecciones de la vida se aprenden de la superación de los propios errores. Aunque a los padres no les guste ver a sus hijos desacertar y asumir las consecuencias de esos desaciertos, deben saber que esas son, sin embargo, inmejorables oportunidades para superar dificultades y enmendar equivocaciones.

En un lluvioso y frío invierno un adolescente salió con sus padres a visitar a unos amigos, pero aún ante la advertencia de sus progenitores acerca de las inclemencias del clima, el joven señaló que no llevaría ni abrigo ni paraguas. La madre, sin que el hijo se percatara y sin aferrarse a  una discusión improductiva, decidió llevar ella en su bolso un abrigo y un paraguas adicionales, y así se marcharon a la actividad.
Horas más tarde, una copiosa lluvia se precipitó sobre el lugar y el frío empezó a helar todo a su alrededor. Cuando debieron de salir para trasladarse de un sitio a otro, el adolescente comenzó a tiritar de frío, y su madre le ofreció el abrigo y el paraguas que llevaba en su bolso. El joven la miró con sorpresa y le expresó su gratitud.

El adolescente aprendió una lección, su madre no le impuso que llevara el abrigo y el paraguas, le recomendó y le insistió, pero al final le dejó decidir. Tampoco le lesionó la confianza en sí mismo o su autoestima, exclamando la famosa y frecuente frase: “Te lo dije…”. Ella dejó que el joven cometiera el error y aprendiera.

Sin embargo, hay lecciones un poco más fuertes, con consecuencias un tanto más difíciles. En muchas ocasiones los padres procurarán evitar que sus hijos tomen decisiones erradas de las que se deriven lesiones más severas, pero no siempre se podrá evitar. Los errores son parte de la realidad de la vida, lo importante es estar cerca de los hijos para darles la mano cuando la requieran, brindarles ánimo y esperanza, y ayudarles a que logren tener conciencia de la equivocación y voluntad para corregirla.

Aunque muchas veces los padres no lo quisieran aplicar, deben actuar expresando las palabras del famoso Bill Gates: “Si metes la pata no es culpa de tus padres ni de tus profesores, así que no lloriquees por tus errores y aprende de ellos”.

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