En estos tiempos, con los cambios que han experimentado las familias en sus conformaciones y dinámicas, ya no resulta tan improbable encontrar algunas opiniones que señalan que la presencia de la madre y del padre no son tan determinantes para los hijos y que las funciones de uno y de otro pueden ser asumidas por uno u otro y hasta reemplazadas fácilmente por otros actores.

La denominada “ideología de género” ha traído al debate sociológico una confusión en cuanto a la maternidad y la paternidad, indicando que no existen necesariamente funciones específicas y diferenciadas entre los padres y las madres, y que es mejor hablar de las funciones que se distribuyen entre el  “progenitor 1” y el “progenitor 2”.

Pero en realidad, desde la perspectiva biológica, antropológica y sociológica, la diferenciación, dualidad y complementariedad que existe entre el hombre y la mujer proyecta de manera natural las distintas  funciones y los equilibrados aportes que provienen de las madres y de los padres, como bien lo han demostrado los trabajos de los profesores Fernando Pliego de la Universidad Nacional Autónoma de México y Christopher Wolfe de la Universidad de Dallas.

En este sentido, también la especialista María Calvo, presidenta de la Asociación de Centros  para la Educación Diferenciada de España, puntualiza la importancia de las funciones diferenciadas de los padres y de las madres. En efecto, “…las funciones del padre y de la madre son totalmente diferentes y el hijo necesita a los dos para su equilibrio: ella introduce al hijo en el mundo de los afectos, en la esfera íntima; él le proporciona independencia, le abre al mundo exterior.”

Independientemente de lo que pueda creer cada persona, es importante saber que diversos estudios demuestran, incluso, que los propios niños, aún muy pequeños, notan las diferencias  que existen entre el padre y la madre.

“…En una experiencia en Israel se mostró que los niños prematuros ganaban peso más rápidamente cuando eran visitados por el padre. El padre da un aliento psicológico al hijo, que él nota… En otra investigación, psiquiatras mostraron que los niños, cuando perciben la presencia del padre, encorvan la espalda y las cejas de una forma especial porque intuyen que los va a coger él, y notan que él los coge de una manera diferente a la de su madre.”

María Calvo profundiza en su análisis, en una característica que también ha sido expuesta exhaustivamente por sicólogos de gran renombre e, incluso, por el propio Sigmund Freud: “Cuando la madre está sola con el hijo se tiende a crear una relación muy estrecha de la madre con los hijos. Su amor y su neuroquímica cerebral es tan fuerte, que es capaz de darlo todo. Pero esa relación necesita autonomía.  El padre viene a separar ese binomio (no me refiero al padre que se identifica con un modelo patriarcal, que es lo contrario). El padre, al romper la relación tan íntima, dota de libertad.

Da libertad para que el hijo se identifique como ser independiente y autónomo, ya que una relación así es limitadora para el hijo, ella quiere prolongar la relación uterina hasta siempre y por eso tenemos adultos con una relación enfermiza. Y da libertad también a la madre, que puede acabar siendo esclavizada. Esto ocurre en madres de distintas culturas y niveles sociales, es algo biológico.”

En esa necesaria búsqueda del equilibrio, el padre tiende a establecer con el hijo una relación  donde no le proporciona lo que necesita de inmediato. De esta manera el hijo aprende un mayor autocontrol, a conseguir las cosas poco a poco.

Por su parte la madre tiende a darlo todo de inmediato, a suplirlo todo y “a controlarlo todo sobre los hijos: los amigos, cómo cruzan la calle, cómo visten,… mientras que los padres son mucho más arriesgados, amplían el horizonte de los hijos, les dan autonomía.”

No obstante, en la actualidad, los cambios experimentados por las familias y la sociedad nos presenta un panorama muy desfavorable para los hijos. La paternidad, aunque muchas veces no se ha ejercido de la mejor manera, ha sido cuestionada,  confrontada y desplazada en los últimos años; se han incrementado los  hogares con madres que crían a sus hijos sin la presencia e implicación efectiva de los padres; y se ha tendido a difundir la idea de que los hijos pueden ser cuidados, criados y educados por el padre o la madre o cualquier otra persona que asume -indistintamente y sin ninguna consecuencia- las funciones de los dos progenitores.

Se ha señalado anteriormente las razones fundamentales y determinantes por las que el padre debe estar presente en el proceso de crianza y desarrollo del hijo. Pero ciertamente la verdadera y efectiva implicación del padre quizás no se ha dado como se debería. Esto, sin embargo, está cambiando, y las nuevas generaciones de padres, dichosamente, están participando más activamente en el cuidado, crianza y educación de sus hijos.

Las madres deben permitir a estos padres que asuman sus funciones y responsabilidades. No lo van a hacer quizás como ellas esperarían, porque ellos tienen sus propias formas de hacerlo, pero lo harán bien, si se les permite, complementando apropiadamente las funciones irremplazables de las madres.

Por otro lado, no es cierto que no exista ninguna consecuencia para los hijos que crecen sin la presencia del padre o de la madre. Los hijos necesitan contar con el padre y la madre. Cuando por diversos motivos esto no ha sido posible, los hijos deben recibir la comprensión y el apoyo necesarios para salir adelante.

Ciertamente a lo largo de la vida, niños y jóvenes salen adelante criados por solo uno de los progenitores, por abuelos, familiares u otros tutores,  pero se ha constatado que, mientras sea posible, lo más saludable y recomendable es que los hijos puedan contar con padres y madres implicados en sus funciones naturales, diferenciadas y complementarias.

El padre y la madre ejercen funciones diferentes y complementarias. Cada uno de ellos es determinante en el proceso de crecimiento y desarrollo sico-afectivo de los hijos. Aunque algunos promuevan  ideas que relativizan el valioso significado de la maternidad y la paternidad, la evidencia científica y la experiencia académica demuestran que madre y padre son fundamentales en la vida de los menores y en el alcance de niveles mayores e integrales de bienestar para ellos.

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