Yo nací en el norte, al lado del mar. Mis primeras impresiones de los sentidos del gusto, el olfato y el oído, saben a sal, huelen a algas, y suenan a sirenas de faros semiocultos en la niebla. Si cierro los ojos aún puedo escuchar el bramido del mar en las frías noches de invierno, y el graznido de las gaviotas que, a retaguardia de los barcos pesqueros, regresan al puerto y al calor del hogar.

Tuve una buena infancia. Las estaciones del año marcaban el ciclo de nuestra vida, en primavera salíamos a pescar por los ríos de montaña, y muy temprano en la mañana asistíamos al nacimiento del nuevo día y al despertar de la naturaleza. Los veranos eran largos y cálidos, días de playa, de excursiones y, sobre todo, de espera para la fiesta patronal del pueblo, con los carruseles los autos de choque, y el tren de la bruja. El otoño era la época de las setas por los bosques de Asturias, del principio de la niebla, la lluvia y el viento… Y el invierno era el frío, las tormentas, las castañas asadas en la vieja cocina de carbón…, pero sin duda, mis recuerdos más entrañables del invierno están ligados a la navidad. A principios de diciembre salíamos con papá a recoger del bosque grandes paneles de musgo rizado, verde y húmedo, que colocábamos sobre una mesa, con un río hecho con papel de plata y arena, un pesebre de cortezas de pino, y todas las figuras del nacimiento llenas de luces y colores…, la noche mágica de los regalos cargada de ilusión incontenible… Sí, confieso que he tenido una buena infancia.

La vida de los hombres se compone de un ritmo balanceado de luces y sombras, de épocas de risas y otras de luto. Es como si el divino Maestro a través de los contrastes de la vida, nos enseñara el justo valor de las cosas. Mis sombras llegaron con la adolescencia y la juventud, las fantasías y los sueños se rompieron al chocar con una realidad que me esclavizó durante años y de la que sencillamente no quiero ni hablar. En esos años de mi juventud, crecí lleno de complejos y miedos que escogí enterrar aliándome con un enemigo que me prometía la vida mientras me mataba poco a poco. Soñaba con tener una esposa, un hogar, una familia, una vida normal, pero era sólo eso, un sueño, y aun la naturaleza me privó del derecho a ser capaz de engendrar un hijo… Sí, confieso que he sufrido.

A la edad de 26 años, Dios llamó a la puerta de mi vida, y lo que yo no pude conseguir de forma natural, Él me lo concedió de forma sobrenatural. Una esposa, un hijo, un hogar, y un llamado a servir. Ahora junto a Mª del Mar y Noel, y después de los años, me doy cuenta de lo mucho que hemos cambiado y mejorado en nuestra relación, pero también me doy cuenta de lo mucho que nos queda por cambiar. No somos expertos en el arte de vivir en pareja, nuestra relación dista mucho de ser perfecta, siguen habiendo días grises, aún no hemos llegado a la meta, pero estamos en el camino, aprendiendo nuevas formas de amar, profundizando nuestra relación y creciendo, comprometidos a llevar nuestra aventura matrimonial hasta el final de nuestros días.

Es cierto que no somos la familia ideal, algunos piensan que quienes se dedican a un ministerio familiar tienen que ser la pareja del año, no es nuestro caso, a día de hoy seguimos trabajando con áreas que debemos mejorar,  pero… ¡aquí estamos!, y creo que nuestras luchas y  áreas de debilidad,  precisamente se han convertido en la fortaleza de nuestro ministerio. Como dice la Palabra: “Pero tenemos este tesoro en frágiles vasos de barro para que la excelencia del poder sea de Dios y no de nosotros”. Sí, aún a pesar de nosotros mismos, Dios sigue siendo fiel y usándonos porque somos portadores de un tesoro, el tesoro de creer firmemente en la familia, en el matrimonio y en el Autor del matrimonio, nuestro Dios a quien le debemos todo lo que somos y tenemos.

Estoy convencido de que ella es la mujer de mi vida y mi complemento. Como hombre puedo decir que el ser esposo, padre y hombre de integridad, es un anhelo y una meta que está escrita en el corazón de cada varón. Dios nos creó como seres relacionales, siendo el matrimonio y la familia, el primer lugar donde debemos suplir esa necesidad de soledad y compañerismo. Cuando Dios crea al hombre y la mujer en el capítulo 3 de Génesis  les encarga el primer ministerio al que todo hombre y mujer debe atender, es lo que en teología se llama el mandato cultural: “fructificad y multiplicaos, llenad la tierra y administradla”, y es que encontrar una mujer, crear unos hijos y fundar una familia, es escribir tu propia historia, dejar tu propio legado, imprimir tu propia huella, esa debe ser nuestra principal tarea y llamado en esta vida. 

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