Se viven tiempos en los que pareciera que lo habitual, lo común, es el descarte de lo que se considera caduco, obsoleto o desactualizado. Ese descarte se suele aplicar a las cosas, pero también es frecuente encontrarlo en el ámbito de las ideas y propuestas, y hasta a nivel de las personas.

Tiempo atrás las cosas que tenían sus años de existencia se apreciaban más, adquirían valor, y se consideraba que algo que duraba funcionando mucho tiempo era porque había sido elaborado con mucho cuidado y de muy buena calidad. Por eso si algo se descomponía, se buscaba la forma para repararlo, para  arreglarlo. 

Esta perspectiva ha ido cambiando con los años, y, en la actualidad, se ha sustituido por el concepto de la “obsolescencia programada”, el cual presenta que todas las cosas tienen un tiempo de duración, de vigencia, al cabo del cual, deben ser desechadas, descartadas y sustituidas.

El problema es que esta perspectiva no solo se ha aplicado a las cosas, a los dispositivos electrónicos, a los electrodomésticos, a los vehículos, la ropa o zapatos, sino que también el concepto del descarte alcanza al mundo de las ideas, las posiciones y a las personas.

Frente al pensamiento divergente, hoy existe menos tolerancia y se practica la exclusión. Cada vez resulta más dificultoso el encuentro de posiciones, las síntesis creativas y los acuerdos armoniosos.

Pero es en el caso de las personas donde el descarte y la exclusión se han manifestado desde hace mucho tiempo de manera absurda e irracional. En efecto, de manera especial a las personas mayores se les ha dejado de percibir como esos referentes de autoridad, conocimiento, experiencia y sabiduría, y en cambio, se les ha excluido como figuras claves y determinantes en los diversos escenarios de la vida familiar, laboral y social.

Las personas mayores, otrora figuras protagónicas indiscutibles y reconocidas en el mundo de la política, las artes, la economía, la familia, hoy han debido emprender una lucha para que se les permita proteger sus derechos, recibir un trato digno y decoroso y se les brinde condiciones y oportunidades en equidad. 

¿Por qué en algunas sociedades y contextos culturales se ha presentado esta situación con las personas mayores? Quizás porque la perspectiva del descarte, la exclusión y la sustitución, así como el individualismo, egoísmo y la poca solidaridad, han penetrado tanto el pensamiento y la conducta de las personas, que no se han percatado de la marginación, descalificación e indiferencia con que aún hoy son tratadas la mayor parte de las personas mayores en nuestro entorno.

No obstante, esta perspectiva, afortunadamente, está cambiando. Poco a poco la sociedad está reconociendo nuevamente el valor indudable que poseen las personas mayores, el aporte significativo que han dado y continúan dando a sus familias y a la sociedad misma. ¿Qué pasaría, por ejemplo, en muchas familias sin el cuidado, el apoyo, el consejo y la experiencia de los abuelos? ¿Qué pasaría en otros ámbitos de la vida social sin el ejemplo, la guía, la orientación y la sabiduría de las personas mayores?

A lo largo de mi vida he conocido a muchas personas mayores que han impactado mi vida de manera particular. Una de ellas, un destacado economista, profesor universitario, gestor de los más profundos y relevantes cambios económicos y financieros de su país, presidente del Banco Central durante varios años, intelectual sólido y analista sesudo. Este hombre de gran fuste, de mente ágil y pensamiento profundo, a sus 84 años de edad, sale aún todas las mañanas muy temprano a  trabajar, en una academia que reúne a lo más preclaro del pensamiento económico del área.

Es un ser humano extraordinario, que se mantiene activo y vigente, que es consultado frecuentemente por organismos internacionales, que escribe ensayos y participa en conferencias. Pero lo más importante, es que es un hombre humilde, honrado y respetuoso, que ha hecho del trabajo uno de sus mayores valores. Comprometido fuertemente con su familia y con la protección y promoción de la vida y la dignidad humana, así como con la política familiar y los valores familiares. Cada conversación con él, es una cátedra de sabiduría.

Otra persona que vive sus años dorados y que me ha impactado grandemente es un empresario catalán que llegó a nuestras tierras latinoamericanas casi que con solo lo que traía puesto, y que con gran esfuerzo, visión, trabajo y perseverancia, constituyó a través del tiempo un grupo empresarial de gran alcance y magnitud. Un hombre inteligente, lúcido, visionario, emprendedor, que a sus 90 años de edad, continúa al frente de varias de sus empresas, viajando por América Latina y Europa, en  donde tiene que mantener extensas sesiones de trabajo con relación a sus negocios.

Este es otro ser humano ejemplar, no tanto por el éxito que ha alcanzado en sus negocios, sino porque también, pese a sus múltiples ocupaciones, es un padre de familia presente y un robusto referente y consejero para toda su familia.

Las personas mayores no deben ser más percibidas como aquellas que solo necesitan ser atendidas, asistidas con cuidados especiales y entretenidas en sus tiempos de retiro y ocio. Cada vez son más las personas mayores que, por motivos del aumento en la esperanza de vida y que por los avances de la medicina  logran una mayor calidad en  su salud física y mental, se mantienen activas, lúcidas y con muchos deseos de participar y aportar en las distintas esferas donde se desenvuelven.

Tanto a nivel familiar -como es el caso de los abuelos- como a nivel laboral y social, las personas mayores deben estar incluidas como protagonistas activos de primer orden, porque tienen algo que solo se puede adquirir con el paso de los años: el conocimiento, la experiencia, la visión y la sabiduría que proporciona el recorrido por la vida.

Una familia o una sociedad que descarta y excluye a las  personas mayores está condenada a perecer en su inmadurez e insensatez.

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