El famoso autor Steven Covey ha dicho que “No soy producto de mis circunstancias, soy producto de mis decisiones”. Y esta frase recoge una gran sabiduría, porque a partir de las decisiones que se toman en momentos claves de la vida, muchas veces se forjan los verdaderos destinos de las personas.

Las personas toman decisiones todo el tiempo. Desde edades muy tempranas, al ser humano se le enseña a discernir entre diversas opciones, a distinguir entre lo correcto y lo incorrecto, a elegir entre alternativas y caminos, a tomar decisiones. El ser humano debe aprender a decidir desde lo más pequeño y cotidiano hasta lo más relevante, trascendente y vital.  Este será, por supuesto, un proceso de aprendizaje, porque primeramente habrá quienes decidan por él, hasta que pueda crecer y desarrollar su capacidad decisora.

Durante el transcurso de la vida, las personas pasarán tomando decisiones muchas veces sin percatarse de ello. Desde niños se decide si se participa o no en un determinado juego con otros menores o se opta por ver televisión solo o jugar con videojuegos. Luego, conforme pasan los años,  las decisiones serán más complejas e importantes, como por ejemplo, el tipo de música que se desea escuchar, la vestimenta que se quiere usar, los libros que se prefieren leer, la comida que se desea ingerir, etc. 

Pero habrá decisiones que serán definitivamente de un nivel fundamental y superior. La elección de una carrera técnica o profesional, el lugar y el tipo de trabajo donde se aspire llegar, la persona con la que se desee iniciar una relación o compartir un proyecto de vida… Estas decisiones, por las implicaciones que tienen, por las eventuales consecuencias derivadas,  deben tomarse estando debidamente preparados, sin apuro ni presión, con un gran sentido de responsabilidad, porque son decisiones que pueden marcar un destino

Aunque en ocasiones las personas pueden enfrentar circunstancias que les exigen tomar decisiones rápidas, en la medida de lo posible, las decisiones trascendentes deben venir luego de un proceso de reflexión, evaluación y consulta. La decisión adoptada a partir de una reacción impulsiva, casi nunca termina por ser acertada.
Sin embargo, todas las personas en momentos determinados de sus existencias, tendrán que tomar decisiones vitales, las cuales podrán conducirlos o no a diversos grados de bienestar y felicidad. En efecto, actuar con responsabilidad, honestidad, buen juicio, respeto, equilibrio, paciencia, solidaridad, entre otras muchas otras cualidades, podrá traer como resultado consecuencias más favorables y positivas -para cada persona y para su entorno- que si se actúa de una manera contraria. Pero esa será una decisión que cada quien deberá asumir en su vida, tomando en cuenta factores internos y externos que lo han podido influenciar para hacer lo correcto o lo incorrecto.

Aún así, las personas podrán haberse equivocado y haber tomado decisiones erróneas en distintos momentos de sus vidas. Bajo estas circunstancias, es bueno saber que siempre se podrán tomar nuevas decisiones para corregir el camino y enmendar los errores. Para el ser humano la posibilidad de repensar una situación, de reparar una falla, de tomar un nuevo rumbo, le proporciona una oportunidad  para una nueva decisión que lo conduzca a un mejor y acertado resultado.

Tanto en el ámbito personal, familiar como en el laboral y social, las personas deben preparase para una adecuada toma de decisiones. Antes de actuar con precipitación e impulsividad emocional, las personas deben educarse para tomar decisiones serenas, planificadas y racionales. Medir y proyectar consecuencias a corto, mediano y largo plazo.  Platón, el filósofo griego, dijo en una ocasión que “Una buena decisión está basada en conocimiento, no en números”. Por eso es tan importante el conocimiento, el estudio, el saber para la toma de decisiones. Entre más preparación, consulta e  introspección, mayor serán las posibilidades de tomar decisiones acertadas en la vida.

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