Existen hombres y mujeres adultos mayores que viven su vida con muchas ilusiones, con ocupaciones, con proyectos, aportando mucho a su entorno familiar, comunitario y social. Los hay también que viven sus años dorados con más sosiego, retirados de actividades laborales, sin mayores responsabilidades dentro y fuera de sus familias, personas que viven el presente, pero sus mentes están fijadas más en el pasado, en lo que consideran fueron «tiempos mejores», que se sienten que han caducado, que sus aportes no son valorados y que más bien se desechan por obsoletos.

Es sencillo distinguir entre unos y otros, porque los primeros se muestran felices, satisfechos, asumiendo las limitaciones propias de la edad con responsabilidad, pero sin dejar de soñar, aportar y disfrutar. Los segundos, son adultos mayores que reflejan nostalgia, tristeza, desánimo, que viven sus limitaciones como imposibilidades para realizar cualquier cosa, que han asumido un retiro casi absoluto, una renuncia al disfrute y a la ilusión.

La sociedad, la cultura, la legislación y muchos otros factores externos contribuyen o afectan desfavorablemente en cómo puede sentirse un adulto mayor. Crean condiciones y facilidades positivas o se constituyen en entornos que dificultan el desenvolvimiento adecuado de las personas en su vejez.
Pero el factor predominante tiene que ver con la actitud del propio adulto mayor, en cómo se considera a sí mismo, si se mira como alguien que tiene aún mucho que aportar y que su papel fundamental es el de iluminar con su experiencia o conocimiento a las nuevas generaciones, o si se considera como alguien que ya no tiene nada qué decir o hacer en el presente y en el futuro.

Estamos viviendo una época en donde cada vez va más en aumento el grupo conformado por personas adultas mayores. De igual forma, la expectativa de vida ha crecido y cada vez más los adultos mayores que sobrepasan los 80 años de edad crecen en nuestras sociedades. Esto, por supuesto, incide en la convivencia inter-generacional. La sociedad debe prepararse para contar con infraestructura y con programas apropiados que respondan a las necesidades y requerimientos de un grupo poblacional que va en aumento. Igualmente, en las familias, deben suceder cambios importantes en cuanto a la forma en que se ha considerado y tratado a las personas en su proceso de envejecimiento. En cómo se les percibe y se relacionan con ellos.

Ayudar e incorporar

Es cierto que existe una mayor conciencia en las nuevas generaciones de que es importante ayudar a las personas adultas mayores. En efecto, es bueno facilitarles condiciones, no abandonar, desplazar o marginar a los ancianos. Pero hay que tener presente que las personas mayores son fundamentalmente sujetos de derechos, y por esta condición, merecen respeto, un trato digno y un reconocimiento por todo lo que han contribuido en sus hogares, en sus comunidades, en los lugares de trabajo y en la sociedad en general.

En otras culturas a las personas mayores se les valora mucho más que en Occidente, se les reconoce socialmente y se les coloca en lugares de privilegio y honor. Hasta hace poco, las sociedades occidentales desvaloraban la edad dorada, se estigmatizaba a las personas que envejecían y gran parte sufría maltrato y hasta desprecio. En la actualidad, las sociedades han avanzado en un cambio de conciencia, y aunque aún falta mucho por hacer, se ha introducido modificaciones en las legislaciones, en las infraestructuras y, paulatinamente, en las conciencias colectivas. Lentamente, pero la cultura ha ido cambiando para bien.

Como se ha dicho antes, la sociedad camina hacia un aumento significativo de la población adulta mayor, por eso los jóvenes deben responder más a las necesidades propias de los mayores. Con el envejecimiento vienen necesidades físicas, emocionales y de atención integral. Por su parte, las familias deben ser lugares donde se les brinde el mejor trato y donde se les facilite las condiciones de vida. Deben sobre todo darles oportunidades para que se desenvuelvan adecuadamente, de acuerdo con sus posibilidades, pero sin pensar en retirarlos, aislarlos o desplazarlos.

Y aunque todos estos factores de cambio han mejorado las condiciones de las personas mayores, las sociedades deben aún avanzar hacia un estadio superior. Ya no se trata sólo de pasar tiempo con ellos, de prestarles atención a sus relatos, de valorar sus historias, de atender sus necesidades, de ayudarles abriendo espacios para que tengan una vida más saludable, digna y de calidad. Se trata de reconocer que los adultos mayores deben estar incorporados en actividades muy diversas, de mucha utilidad para las familias, las comunidades, las empresas y la sociedad. Cuando Naciones Unidas señaló como una de las prioridades en las políticas familiares la promoción del diálogo y la solidaridad inter-generacional, entendía justamente que el mundo debe reconocer, que como dinámica familiar y social, es fundamental tanto el aporte de los jóvenes como el de los adultos y el de los adultos mayores.

El valor de los años

Así como los jóvenes aportan novedad, energía, impulso y vigor, los adultos mayores proporcionan experiencia, conocimiento, equilibrio y amplia perspectiva.

En todos los órdenes de la vida, se requiere de una combinación de estas cualidades. Por eso es que las familias que le dan el lugar que les corresponde a los adultos mayores, las comunidades que se apoyan en la dedicación y la paciencia que brinda los años vividos, las empresas que mantienen e incorporan la experiencia y el conocimiento de los adultos mayores, obtendrán mejores resultados y mayores éxitos.
En el envejecimiento no debe de haber temor por los cambios. El adulto mayor debe de adaptarse. Debe mirar los nuevos tiempos con alegría y con ilusión. Su visión retrospectiva es fundamental, pero no debe aferrarse a la idea de que «todo pasado fue mejor». Es importante que la persona mayor viva el presente con emoción y pasión, que asuma los cambios con amplitud de mente, con gratitud y con deseo de aprender y de aportar. Ante todo debe mirar el futuro con esperanza y con el derecho que tiene a soñar. Pensar que la edad que se tiene, es la mejor edad para vivir.

De parte de los jóvenes, deben desprenderse de prejuicios hacia los adultos mayores, agradecerles y facilitarles las cosas, abriendo espacios y oportunidades para que ellos se desenvuelvan adecuadamente según sus posibilidades. Cuidar de que, en su deseo de apoyar y cuidar al adulto mayor, no se les reduzca o se les limite sus capacidades y sus aportes.

El adulto mayor disfruta cuando se le permite participar, cuando se toman en cuenta sus opiniones, cuando se valoran sus aportes. La gran mayoría tienen una gran capacidad para adaptarse a los cambios, a las nuevas tecnologías y a las nuevas perspectivas. No hay que verlos como personas que sólo hay que atender, cuidar y entretener. El adulto mayor puede aportar al presente, con sus ideas, su experiencia, y su sabiduría. Cuando esto sucede, ocurren grandes cosas. Golda Meir, fue jefa de gobierno de Israel a los 80 años, Giussepe Verdi, compuso la obra magistral Ottelo a los 75 años y Benjamín Franklin participó intensamente en la redacción de la Declaración de Independencia de los Estados Unidos a los 70 años. Estos son sólo algunos ejemplos destacados, pero lo cierto es que demuestran que, en el campo intelectual, artístico, político, científico, empresarial o social, el aporte de los adultos mayores, cuando se les brinda el espacio y las oportunidades, es fundamental e indispensable.

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